jueves, 13 de mayo de 2010

Atlético de Madrid





Mis primeros recuerdos del Atlético de Madrid se remontan mi infancia madrileña, cuando mi abuelo materno, Joaquín, me llevaba de la mano, haciendo cantera, al estadio Metropolitano, al final de la Avenida Reina Victoria. En la esquina que bajaba al campo, los aficionados se aglomeraban en los bares para tomarse el carajillo ritual antes del partido; en la calle, teñida de banderas rojiblancas, se venteaba el inconfundible aroma de las grandes tardes (sólo había Liga los domingos y los campos de fútbol no tenían aun iluminación artificial).
Mi abuelo Joaquín era un caballero madrileño en el sentido más noble del término y un “hombre de honor" a la antigua usanza, la única que da lustre a esta expresión con solera. Era socio fundador del Atlético de Madrid y en sus años mozos había jugado como defensa lateral en el Atlético Aviación (el padre natural del club de sus amores) con el nombre de guerra, según me contó bastantes veces, de “Quincho”. Tengo una imagen nítida de su carné de socio, una cartera de cuero marrón con dos solapas; en la primera estaba el escudo del glorioso, debajo los datos personales y el número del socio (el 78); en la segunda el cupón del abono mensual, de un color amarillo oscuro.
También me viene a la memoria lo que me contaban -con exageración evidente- mi madre y mis tías: el domingo que perdía el atleti el abuelo estaba de un humor bilioso, no había quien le dijera nada y además se negaba en redondo a cenar. Si eso es cierto, conmigo hacía una excepción, porque ganara o perdiera, siempre me trataba con una delicadeza especial y un cariño de nieto que me resulta imposible expresar con palabras. Es verdad que en el campo, una vez que el árbitro pitaba el comienzo del encuentro, lo vivía con pasión creciente, pero nunca le vi un mal gesto ni un enfado impropio, aunque como socio de primera la procesión iba por dentro.
Él fue quien prendió en mí la llama del atleti con un ardor que no se apaga. Puedo decir de carrerilla las alineaciones del equipo en todas las fases de su andadura. Toda mi familia consanguínea, extensa y nuclear, son atléticas. Por centrarme en la segunda: mi hijo Nacho es un leal seguidor colchonero desde que le salieron los dientes. Mi hija Laura, representó al principio, mal aconsejada por ciertas amigas, el deslucido papel de oveja negra madridista, pero poco a poco vio la luz de la verdad y comprendió que lo verdaderamente divertido no era ”eso”. Hoy, redimida por completo, es una más de la gran familia atlética. Mi mujer, Ana, a la que amo casi más que al atleti, es una incondicional del equipo… de mi hijo, aunque fuera el Sporting de Lisboa (es obvio que hace mucho tiempo que he dejado de ser el rey de la casa). ¿Qué puedo decir de mí? Tan sólo que la única religión que practico seriamente es el amor a los colores rojiblancos.
Sin duda el recuerdo más doloroso que tengo de mi biografía atlética es la infausta final de la copa de Europa, en la que regalamos el título en el último segundo tras un fallo clamoroso de aquel gran portero que fue Miguel Reina. Y el recuerdo más estimulante, la consecución del campeonato de Liga (tengo que mirar el año) mientras me reponía de una operación de apendicitis en el Hospital de San Julián de Cuenca cuando tenía quince años.
Pero volvamos a toda prisa del pasado al presente, hoy más presente que nunca.
Si hay una verdad entre otras muchas es que la afición del Atlético es la mejor del mundo. No quiero insistir en lo evidente. Un botón de muestra: al terminar el último partido con el Barça en el Calderón, en el que, no hace falta decir, ganamos por 2-1 al mejor equipo del mundo (y pudieron ser más), muchos hinchas coincidimos en los servicios para hacer aguas menores… y cantar al unísono con voces estentóreas y albricias desafinadas el himno resonante del atleti. También los he visto salir llorosos del estadio, humeantes del cabreo, sin encontrar un sentido a la vida.
Ayer conseguimos, tras no sé cuantos años, otro título europeo: la Copa de Europa, antes Copa de la UEFA. En mi casa, amigos incluidos, el ambiente era eléctrico. La tensión se mascaba en el aire. Yo me pongo más nervioso con la tele que en el campo. Muchos partidos no puedo verlos sentado en mi sillón (lo cual es un síntoma muy grave); deambulo por la casa como alma en pena. A veces, sigo parte del partido por la radio porque sé que exageran y mienten. Otras, acabo los noventa y tantos minutos debajo de la cama con los oídos tapados hasta que viene mi mujer a sacarme a escobazos. Ayer, fueron más de ciento veinte (¡y gracias a que no hubo penaltis!); fue una dura prueba para mis arterias. ¡Qué manera de sufrir, pero mereció la pena! Después, abrazos repartidos por doquier, móviles que echan chispas, uniformes de campaña y otra vez a Neptuno. En casa de mi hermano, soltero recalcitrante, supe por su llamada que se reunieron más de veinte; cuando metió el uruguayo a cinco minutos del final el gol de la victoria debió de armarse tal jaleo que la perra  se meó en la alfombra. ¿Qué le habéis hecho, Joaquín, le pregunté a mi hermano? Nada es que también va con el atleti, me contestó, la pobre no ha podido aguantarse (el animal se asustó del brutal estallido subitáneo).
Por una vez, hemos tenido suerte; lo normal es que en estas circunstancias el gol nos lo hubieran metido a nosotros. Pero ayer Dios era rojiblanco; y su profeta Quique Sánchez Flores, el artífice de transmutar un equipo errático y desmoralizado (lo primero no está sanado del todo) en un conjunto con calidad y una voluntad de poder que le ha conducido a una victoria inolvidable. Y sus ungidos, Forlán, Agüero, el “gitano” Reyes, como cariñosamente le llaman en el Calderón, los canteranos, los veteranos y tutti quantti que ayer realizaron el milagro…

¡Aúpa atleti, viva por siempre el club que nos da vida!

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