sábado, 22 de octubre de 2016

Las ferias de provincias. Segunda parte


Atracciones menores de las ferias eran, entre otras, conseguir que la campana cantara con el mazo. Ya saben, el esforzado galán, tras quitarse la chaqueta y subirse las mangas con mirada retadora, descargaba un golpe formidable sobre una base de hierro y la anilla subía por la columna como si fuera un termómetro supersónico. Si el mozo era un morrosko de verdad sonaba el cling ante la mirada extasiada de su novia y los tibios aplausos de los mirones. Toda una demostración psicoanalítica de la potencia sexual del varón. Si fallabas era el momento de poner cara de víctima y recordar que la mejor virtud de la mujer es la compasión. Y no repetir porque no conviene tentar la paciencia.
También estaban las casetas con escopetas de aire comprimido (“escopetillas”) con varios niveles de dificultad. Tres plomillos a tanto. El más fácil consistía en disparar a las apretadas filas de bolas anisadas: prácticamente podías equivocarte de bola o de fila y aún así acertabas. Excepto un paleto bebido que le pegó un tiro a una bombilla; mirada torva del jefe, excusas y el que rompe paga. En el nivel intermedio tenías que tumbar patitos que se paseaban en fila. Premio, llaveros. El más difícil consistía en acertar en la diana de un centímetro colocada en medio de una puerta que se abría si le dabas y te acercaba con un brazo móvil una copita de jerez. Trago corto y ego largo. No es cierto que las escopetillas estuvieran trucadas. Excusas de malos perdedores. Algunos espigados abusones se estiraban sobre el mostrador hasta poner la punta del cañón a quince centímetros de la diana. Así no vale, advertía, el dueño del mandil azul. Es perder el plomo. Tenían menos éxito los puestos de leña al mono con pelotas de goma. Demasiado tosco y difícil; era como tirar piedras a un bote a una distancia respetable. Como los pistoleros del oeste cuando se entrenan en las películas. Los mozos, avispados ante el previsible descalabro, pagaban gustosos las bolas a las chicas que a pesar de no dar ni una se reían como locas. Después de todo es una ley de la evolución que las hembras eligen a los machos más aptos para aparearse. No era el momento de hacer el ridículo. Tiempo habría de medir la cornamenta.
Los coches de choque eran el símbolo fehaciente de la represión sexual de los años setenta. Si pertenecías al género masculino te limitabas a dar unas vueltas por la pista metálica demostrando tu pericia para esquivar a los demás coches a precio de oro si cometías el error de montarte en hora punta. Un par de minutos y a correr al campo. Pero pobre de ti si eras chica: lo que los mozuelos no se atrevían a hacer fuera de la atracción de forma graciosa, atrevida, tímida o delicada lo concentraban en una sola pulsión erótica: embestir brutalmente y por todos los costados a las enloquecidas jovencitas que por primera y última vez compraban una ficha. Un remedo de los que piensan que hacer el amor es romper la cama a empellones… Prohibido chocar de frente. Al que infringía esta regla de oro un par encargados con cara de pocos amigos lo bajaban del coche y lo echaban con malos modos. Lógico, imaginen las demandas de los lesionados en las cervicales o algo peor.
Tenía gracia la noria pero solo la primera vez. La vista desde las alturas era un espectáculo de luz y color. Recuerdo una putada, no sabría decirlo de otro modo, de un compa del instituto. Subimos con dos chicas del preu que nos encontramos en la feria. Al parecer mi colega estaba colado hasta los tuétanos por una por lo que aprovechó una de las paradas que hacían arriba las barquillas (subir y bajar gente) para cogerla inesperadamente de la mano (la otra no sabía ni de lejos de qué iba aquello) y declararse de mala manera. Siempre he esperado un momento como este para decirte lo que siento por ti. O sea, una encerrona del carajo. Imagínense el bochorno. La única solución era tirarse de la noria. Según bajábamos, el estupor y la furia de la joven iban en aumento. Por de pronto se sacudió la mano y no le partió la cara de milagro. Ni le dirigió la palabra. La otra y yo no nos atrevíamos a mirarnos. Al tocar tierra más que despedirse huyeron despavoridas. ¡No es para tanto, comentó escuetamente mi colega! Me tragué los improperios. Hay que echarle huevos, la has cagado chaval, le dije. La próxima vez que se te ocurra una gilipollez así procura que esté como mínimo a veinte millas. Lo cierto es que al final del curso comenzaron a salir juntos. Misterios del alma femenina. A veces es cierto que los dioses ayudan a los audaces.
No me hacía gracia el salón de los espejos cóncavos y convexos. No hay cosa más aburrida que reírte por obligación. Sus imágenes deformes son una de las excepciones más rotundas al libro de Umberto Eco Historia de la fealdad. Además, si no me gustaba cómo me veía en un espejo normal, imagínense en esos desatinos de la óptica. Lo más bonito de la feria eran los carruseles infantiles, el coche de bomberos con escalera y campanillas, los automóviles con dos volantes, el coche de la policía con intermitentes azules o las motocicletas para los mayorcitos. Todavía más espectacular eran los caballitos que suben y bajan. Con que gracia se movían las melenas de las niñas.
El túnel del terror era más o menos lo que esperabas, alaridos siniestros, sombras con ojos rojos que te rondaban en la oscuridad y te rozaban la cara, murciélagos sujetos con alambres que pasaban chirriando y soltaban algo pringoso, monstruos polvorientos por los rincones con cinta magnetofónica en la boca. A pesar de todo, la vez que entré con mi hermano, afortunados mortales, en medio de los terrores convencionales, sonó de pronto una formidable bofetada, de las de órdago a la grande, seguida de atroces insultos y risotadas por doquier. Por el estallido brutal en la cara, dos tíos sin duda. Posiblemente una vendetta: el rival amoroso, el jefe de la oficina, el chivato de la escuela, un moroso crónico, vaya usted a saber… Buen comienzo para una novela. Los encargados con una pinta infame de verdugos y conde Drácula encendieron las linternas, pero nada por aquí, nada por allá y si te he visto no me acuerdo. De traca.

La última atracción que llegaba al ferial era el circo. Lo mejor eran los preparativos, el montaje de la carpa, las jaulas de las fieras y el desfile por la calle mayor con los perros sabios a la cabeza andando a dos manos, los caballos en formación triangular, las dos cebras con los monos encima tirando caramelos saci y al final el elefante moviendo la trompa sin parar. A mi madre le regalaban entradas de silla de pista porque era funcionaria de Hacienda (¿los impuestos?). El circo me gustaba sólo por fuera. Recuerdo el detalle estremecedor de la media de malla rota de una caballista que hacía cabriolas sobre una yegua blanca. Las fieras, panteras escuálidas y leones vejestorios que salían a la cúpula enjaulada al chasquido del látigo del domador vestido de blanco, me recordaban a las figuras mecánicas de las cajas de música, como Olympia, la bella autómata de los Cuentos de Hoffman. Además olía mal. Al acabar el número tenían que perfumar la sala con aerosoles. Los trapecistas hacían lo de siempre con red para alivio de las personas normales y los payasos resultaban más bien vociferantes y patéticos. Lo mejor el presentador y la petite bande con su alegre zarabanda. El circo, un tema literario y cinematográfico.   

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