sábado, 27 de junio de 2015

Chirico, el viaje a ninguna parte


Nunca me había despertado con una sensación tan extraña. La luz de la luna se filtraba por las rendijas de la puerta del dormitorio. No se oía nada, como si las capas de silencio se sumaran para formar una bomba de vacío dentro y fuera de la casa.
La luz de la lámpara no se encendió; tampoco el foco del techo. Sólo tinieblas azules. Mi memoria era plana. Los sentimientos más sencillos habían huido. Los pensamientos eran neutros. Traté de hablar y mis palabras resonaron lejanas, como si fueran el eco de una pared desconocida. Sentí la lucidez de un cristal recién soplado, translúcida, impropia de quien acaba de salir de un sueño profundo. Era una certeza vacía, sin contenidos ni preguntas.
Abrí la persiana y a la luz de la luna pude distinguir los detalles. La habitación estaba como siempre. Los objetos en su sitio: la cama arrimada a la pared; encima, la estantería repleta de libros; los instrumentos musicales que había comprado durante mis viajes seguían en la pared. Enfrente, las jarras de cerámica y los cuadros
El cristal de la ventana se había vuelto opaco. Salí al balcón. Nadie en un mundo sin vida. Tuve la certeza de que un tiempo incontable había transcurrido desde que me acosté. Una espesa capa de polvo cubría los objetos: mi mesa de trabajo, las puertas y cajones del armario, la ropa colocada encima de una silla, la funda de las gafas… Por debajo de la puerta se veía la capa intacta de un polvo espeso y ceniciento.
Sacudí la ropa y me vestí lentamente, como si quisiera evitar el siguiente paso. Atravesé el pasillo central de la casa dejando las huellas en las baldosas. Me dirigí a la salida sin más, sin recorrer por última vez las estancias. Me costó abrir la puerta. La llave, que dejo puesta por seguridad, parecía oxidada. Tras lanzar varios chirridos la cerradura cedió. La escalera estaba desierta, no solitaria por las altas horas de la noche sino abandonada. Sabía que por mucho que llamara a los pisos (los timbres no sonaban) nadie saldría. Por las ventanas del patio interior entraba una luz blanca, mortecina.
El ascensor estaba parado entre dos pisos. Bajé lentamente. La barandilla ensuciaba las manos. La cancela del portal parecía manchada de herrumbre. La calle era la misma pero el tiempo había hecho estragos en las fachadas y los aleros. No había coches, los semáforos no funcionaban. Algunos anuncios se habían derrumbado. Anduve por la ciudad durante varias horas. Vi plazas solitarias, torres sin sentido, extraños soportales, luces sin colores, sombras sin sol, nubes inmóviles carentes de forma; caminos que se pierden en caminos, peces muertos en las fuentes, ventanas que reflejan muros derribados, crepúsculos imposibles, ladrillos de contornos misteriosos, bóvedas sin propósito, arcos anteriores al hombre, suelos ajedrezados junto al mar, estatuas de caballos ciegos, cuarteles abandonados en un horizonte negro, estaciones de trenes que nunca parten, bocanadas de un humo inextinguible, jardines que florecen en oscuros pasadizos. Nadie, sólo la soledad espectral como eterna compañera.

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