lunes, 28 de junio de 2010

Los extremos se tocan


Platón, República

Veamos ahora el segundo punto: los que cultivan la justicia no la cultivan voluntariamente sino por impotencia de cometer injusticias. Esto lo percibiremos mejor si nos imaginamos las cosas del siguiente modo: demos tanto al justo como al injusto el poder de hacer lo que cada uno de ellos quiere, y a continuación sigámoslos para observar adónde conduce a cada uno el deseo. Entonces sorprenderemos al justo tomando el mismo camino que el injusto, movido por la codicia, lo que toda criatura persigue por naturaleza como un bien, pero que por convención es violentamente desplazado hacia el respeto a la igualdad. El poder del que hablo sería efectivo al máximo si aquellos hombres adquirieran una fuerza tal como la que se dice que cierta vez tuvo Giges, el antepasado del lidio. Giges era un pastor que servía al entonces rey de Lidia. Un día sobrevino una gran tormenta que rasgó la tierra y produjo un abismo en el lugar en que Giges llevaba el ganado a pastorear. Asombrado al ver esto, descendió al abismo y halló, entre otras maravillas que narran los mitos, un caballo de bronce, hueco y con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un cadáver de tamaño más grande que el de un hombre, según parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano. Giges le quitó el anillo y salió del abismo. Ahora bien, los pastores hacían su reunión habitual para dar al rey el informe mensual concerniente a la hacienda, cuando llegó Giges llevando el anillo. Tras sentarse entre los demás, casualmente volvió el engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se tornó invisible para los que estaban sentados allí, quienes se pusieron a hablar de él como si se hubiera ido. Giges se asombró, y luego, examinando el anillo, dio vuelta el engaste hacia afuera y tornó a hacerse visible. Al advertirlo, experimentó con el anillo para ver si tenía tal propiedad, y comprobó que así era: cuando giraba el engaste hacia adentro, su dueño se hacía invisible, y, cuando lo giraba hacia afuera, se hacía visible. En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que fueron a la residencia del rey como informantes; y una vez allí sedujo a la reina, y con ayuda de ella mató al rey y se apoderó del gobierno. Por consiguiente, si existiesen dos anillos de esa índole y se otorgara uno a un hombre justo y otro a uno injusto, según la opinión común no habría nadie tan íntegro que perseverara firmemente en la justicia y soportara el abstenerse de los bienes ajenos, sin tocarlos, cuando podría tanto apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, como, al entrar en las casas, acostarse con la mujer que prefiriera, y tanto matar a unos como librar de las cadenas a otros, según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. En esto el hombre justo no haría nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino. E incluso se diría que esto es una importante prueba de que nadie es justo voluntariamente, sino forzado, por no considerarse a la justicia como un bien individual, ya que allí donde cada uno se cree capaz de cometer injusticias, las comete. En efecto, todo hombre piensa que la injusticia le brinda muchas más ventajas individuales que la justicia, y está en lo cierto, si habla de acuerdo con esta teoría. Y si alguien, dotado de tal poder, no quisiese nunca cometer injusticias ni echar mano a los bienes ajenos, sería considerado por los que lo vieran como el hombre más desdichado y tonto, aunque lo elogiaran en público, engañándose así mutuamente por temor a padecer injusticia. Y esto es todo sobre este punto.

domingo, 27 de junio de 2010

Paradojas y mitos de la enseñanza


La edad mental y cronológica de un alumno corren paralelas excepto en dos ámbitos: su casa y la clase. Tanto en una como en otra, el joven experimenta una alarmante regresión hacia etapas anteriores de su adolescencia e incluso de la niñez. La razón es evidente: en ambos casos saca considerables beneficios de su retorno al pasado. Padres y profesores le asignan roles que tiene superados y en los cuales se siente cómodo. El profesor le repite las cosas veinte veces, le sugiere modelos de relación interpersonal que se sabe de memoria, le disculpa sus lamentables fechorías y le exige en sus labores poco o nada. El alumno en general se escapa por la menor gatera que le dejemos franca.
A veces juzgamos las aptitudes de un alumno con la convicción de que tiene poca capacidad para el estudio, es decir, le falta inteligencia (sea lo que fuere este constructo hipotético). Craso error. Reto al profesor de cualquier materia a que invierta en una clase elegida al azar doscientos euros; que proponga a sus alumnos problemas que ni él mismo resolvería en tres días y asigne a las respuestas unos premios sustanciosos: comprobará que aquellos alumnos a los que había considerado almas perdidas son capaces de hacer relojes con una mano atada a la espalda.
Oigo con frecuencia en las juntas de evaluación que un alumno debe tomarse más en serio los estudios, tener más interés por tal o cual asignatura o avanzar en su motivación de logro (dicho esto último por el orientador). Estas afirmaciones convierten al profesor en una víctima de su etnocentrismo crónico. Por un defecto típicamente profesional supone que el rol de alumno es uniforme y, por tanto, debe responder al conjunto de expectativas que la sociedad le atribuye (especialmente los educadores). No nos engañemos. Hay alumnos para los que una clase es un entorno ajeno, un libro es un objeto hostil, estudiar no forma parte de sus intereses ni siquiera en décimo lugar y a su familia le da completamente igual lo que haga en un centro de enseñanza.
Por lo que respecta al preocupante comportamiento de los alumnos en las aulas diré lo siguiente: si un joven se levanta en medio de una explicación para hacerle una foto a otro con su móvil, saca el Marca encima de la mesa y se pone a hojearlo con estruendo, habla a voz en grito de la trompa del fin de semana con su colega de la otra punta o en un examen toca con la flauta el himno del Barça, es porque considera que este sistema de interacción es normal (es la norma). No hay hipocresía alguna en el penado que baja a Jefatura de Estudios y afirma estupefacto que “no ha hecho nada” para que le abronquen así. Evidentemente, en una entrevista de trabajo se comportará de otro modo. A esta altura determinada de los tiempos ya no existen soluciones válidas a las conquistas de la mala educación, excepto conectar (dicho sea con ánimo jocoso) un teclado electrificado a las sillas de los chicos. El bajo estatus profesional del profesor, uno de los menos valorados socialmente (hasta el punto de que el docente es considerado por ciertos sectores de las clases medias como uno más de la servidumbre) es, sin duda, una de las primeras causas del desbarajuste en las pautas de conducta.
Si hay una verdad en pedagogía es que el rendimiento y los resultados académicos de un alumno dependen directamente del grado de implicación de la familia en el proceso educativo. Muchos padres, tienen una titulación tan baja y unos conocimientos tan limitados (desgraciadamente) que les resulta muy difícil, pese a su buena voluntad, ocuparse de la educación reglada de sus hijos. Algunos salen tan temprano de su casa y vuelven de trabajar a tales horas que no tiene tiempo de nada excepto de descansar para poder reproducir el tiempo de trabajo. A otros les da igual (ya nos hemos referido a ellos) y lo único que esperan del centro es que mantenga ocupados, es decir lejos de casa, a sus hijos durante el mayor número de horas.
Por último, dos mitos: el “alumnado de calidad” y el “bien común” en el centro.
No hay nada, ninguna entidad colectiva que sea “el alumnado de calidad”. Es una mera entelequia aristotélico-tomista. Lo que existe son alumnos inteligentes (la inteligencia siempre se abre paso) distribuidos de modo aleatorio por los centros de enseñanza. En todo caso, la expresión “alumnado de calidad” es un concepto sociológico que apunta al incremento en términos estadísticos de los alumnos con actitudes y aptitudes adecuadas entre las clases altas, debido a que disponen de más recursos, mejores medios, expectativas sólidas y un entorno favorable al estudio. El hecho puro y duro es este, los juicios de valor vendrán después.
Tampoco existe algo que sea o deba ser el “bien común” en los centros. Los profesores, por ejemplo, son un colectivo (como cualquier otra asociación utilitaria) con intereses particulares que intenta mantener y defender. El problema obviamente es organizar funcionalmente tales intereses. Para eso están las normas, las circulares, la inspección, el consejo escolar o la junta directiva. El problema metafísico del “bien común” en los centros se reduce a que el organigrama profesional es el único caso conocido, la única excepción consolidada, de una burocracia sin competencias específicas o con competencias difusas, atenuadas o puramente nominales. En estas condiciones de voluntarismo desbocado los defensores morales del bien común no pretenderán, valga el ejemplo, que los esclavos se pongan a sí mismos las cadenas. Moraleja: dense competencias eficaces y háganse bien las cosas.

viernes, 25 de junio de 2010

El comic, octavo arte


¿Quién no ha tenido en la infancia sus héroes favoritos del comic?

Recuerdo, pletórico de endorfinas, las colecciones que poblaban de ilusión mis semanas (¡qué lentas pasaban entonces y cómo vuelan ahora hacia el enigma de la vejez!). En mi época de instituto, coleccionaba los cuentos del Capitán Trueno y seguía sus aventuras ¡por la justicia y la cruz! en una Edad Media de ensueño. Mi devoción por Walter Scott se fraguó en estas lides. Compartía con fervor sus amigos y enemigos, sus viajes por lugares que en aquella época todavía no se habían descubierto, sus festines pantagruélicos en los que abundaba la pata de venado y el vino bebido en cuerno, las espadas que no herían, las victorias imposibles y los castos amores del caballero cristiano con Ingrid, la princesa de Thule. Hace tiempo que han reeditado la colección completa en dos tomos, pero no me dicen nada… El conocimiento es, como proponía Nietzsche, un asunto esencialmente biológico.

Tampoco me gustaban todos los comics. Las hazañas del guerrero del antifaz, tajando infieles por la piel de toro eran siempre iguales y estaba claro desde el principio que los sarracenos no tenían ninguna opción (reflejo evidente de la España franquista); además el dibujo era abigarrado y de poca calidad. Roberto Alcázar y Pedrín, me recordaban excesivamente a los matones del régimen y nunca he soportado el comic sin sustancia, inocuo, de porrazo y tentetieso, como Mortadelo y Filemón, un par de acreditados tontainas.

Más atrayente era la titánica confrontación de Superman con las grandes fuerzas del cosmos: naturales (cataclismos, terremotos, aerolitos), artificiales (trenes desbocados, naves hostiles, robots descontrolados), humanas (los pillos de Metrópolis) y sobrehumanas (villanos galácticos con poderes inauditos). Tenían especial tirón los cuentos de Superman cuando era niño, recién caído de Kriptón, y, sobre todo, de joven, pues flagelaba dulcemente nuestras fantasías reprimidas; noche tras noche nos dormíamos tejiendo los detalles de nuestros amores platónicos con “Superwoman”, la heroína llevada al comic en un intento ridículo de extender las ventas al sexo débil. Batman y Robin, otros aguerridos defensores del bien común (o sea, de la moral puritana y del modo de vida americano) no eran nadie a su lado.

En lo más bajo de la cadena gráfica sitúo pero no comento a los descerebrados héroes de la Márbel, incluido el reaccionario Spiderman.

Ya en la universidad, tras el consiguiente vuelco ideológico, me interesé por la subcultura de los años setenta y su expresión, el comic underground, cuya figura más prominente fue Robert Crumb. Una parte de las andanzas de sus personajes (Mr. Natural, el gato Fritz, Mr. Snoid, Los Freak brothers…) se publicaron en las revistas out del momento como El víbora o Makoki, que todavía conservo bajo llave. Crumb era un maestro. En uno de las tiras se ve un recuadro lapidario, tipo cartel del cine mudo, que anuncia: “Vivimos en un mundo repleto de sistemas”. En la siguiente viñeta un mendigo tirado en la acera de una ciudad apestosa observa en derredor con mirada enloquecida y se pregunta: “¿Es esto un sistema?”.

En mis dos últimos años de carrera, que dediqué básicamente al cine y a la música, me echaron los Reyes Magos, como les pedí, la colección completa de Asterix (cuarto curso) y de Tintín (quinto curso). Los comics de Asterix y la tribu de irreductibles galos enfrentados al Imperio Romano en la época de César es un prodigio de ajuste entre el guión (Goscinny) y los dibujos (Uderzo); forma y contenido parecen hechos uno para el otro, la compenetración es biunívoca y ambos son espléndidos. ¿Quién no recuerda La vuelta a la Galia, La hoz de oro o La cizaña? Se decía por entonces que la tribu gala simbolizaba a la Francia independiente del general de Gaulle y Estados Unidos al imperio que dominó el mundo antiguo, una ocurrencia menor que sólo puede interesar a sociólogos chinchosos. He releído tantas veces las aventuras de Asterix que me las sé de memoria. Cuando murió Goscinny, Uderzo se hizo cargo del texto y las ilustraciones, pero el viento amainó y el barco dejo de navegar con buen rumbo. Seguí comprando los comics por pura nostalgia y también por completar la colección, pero algunos (por ejemplo, El mal trago de Obelix) ni siquiera los he acabado de leer.

Reconozco que las aventuras de Tintín creadas por Hergé, a pesar de su innegable calidad, no han sido nunca santo de mi devoción. Ni siquiera las entregas más logradas, como Las siete bolas de cristal, Objetivo la Luna o Tintín en el Tíbet, han conseguido arrancarme la entrega incondicional y el aplauso rendido. Reconozco la belleza del dibujo, el formato insuperable de las viñetas, el acabado de los guiones, la idiosincrasia de los personajes… Pero Tintín no me apasiona. No me sé de memoria sus andanzas y coloquios. He retomado muchas veces sus relatos con ánimo paciente, pero con frecuencia me han proporcionado pesadas digestiones.

Una vez me hube licenciado (suena a novela mala), lo primero que hice fue comprarme la colección completa de Mafalda (diez originales cuadernillos apaisados). Toda la sociedad bonaerense, en realidad la vida misma, está reflejada en las inteligentes viñetas de Quino. El materialismo sin fisuras de Manolito, hijo de laboriosos emigrantes gallegos; las aspiraciones pequeño burguesas y el carácter mezquino de Susanita; la ingenuidad, ¡el valor supremo de la inocencia!, de Miguelito un diamante en bruto a salvo del proceso de socialización; Guille, el avispado hermanito de Mafalda, arrojado recién a un mundo de frustraciones… Y Mafalda, una niña a la vez prudente y atrevida, fisgona y gentil. Resulta admirable constatar cómo Mafalda y sus amigos no dejan de soltar verdades como puños sin que jamás resulten redichos o pedantes. Después de leer una y otra vez las agudas reflexiones de Mafalda comprendí que mi educación sentimental había comenzado.

Tanto Asterix como Tintín son héroes asexuados. Al menos, el forzudo Obelix, su camarada inseparable, se enamora como un colegial de la gentil Zaza en El regalo del César. Asterix sencillamente huye de las mujeres y Tintín las trata como si no existieran, lo que ha dado pie a morbosas conjeturas sobre las inclinaciones de ambos. Al otro lado del mapa se encuentran los comics voluptuosos del italiano Guido Crepax (ideología al margen), inconfundibles por su dibujo y sus técnicas narrativas, con un elenco de olímpicas bellezas, las más sensuales y deseables que ha dado el pincel; entre otras, Valentina, Barbarella, Emmanuelle, Justine, las esclavas sexuales de La Historia de O...

La propuesta de Crepax a los varones domados de la generación de los cincuenta fue el descubrimiento de un ámbito nuevo de realidad, de un territorio salvaje todavía sin hollar: el erotismo. Invoco la sinceridad de Juanjo, un vecino de siempre, arquitecto de profesión, casado y sin compromiso, quien tras apurar con los amigos el tercer combinado, confesaba con el corazón en la mano: la verdad, yo no sé si he conocido alguna vez el erotismo… Los comics de Crepax revelaron a sus lectores, quizás prematuramente, que no puede  haber separación entre el amor y el deseo, la atracción y el placer, pues son una y la misma cosa. En los relatos de Valentina, una de sus ocasionales amantes, la francesa Catherine, mientras la desnuda con oficio, le susurra dulcemente las palabras mágicas: a mes mains son placées et fondeés tous les plaisirs acumulés.

Ya en la edad madura tuve la suerte de descubrir a Maitena, nacida en Buenos Aires, la hermana mayor de Mafalda. Os recomiendo su página Web. Para mí, lo mejor de Maitena son los cinco libros de comics titulados Mujeres alteradas. Son una fenomenología completa de la conciencia posmoderna. Nadie piense que sólo circulan por esas páginas mujeres pintorescas; al contrario, hombres de todas las tallas, con y sin complejos, entran y salen de la gran viñeta del mundo. Todos los temas que atañen al hombre como animal social están pintados por Maitena con gracia y saber. El carácter fragmentario de su obra es sólo aparente, pues tras las innumerables clasificaciones, descripciones, prescripciones y emociones se vislumbra un sistema completo, construido con las respuestas de la autora a los problemas fundamentales de la existencia: qué puedo conocer (una lúcida reflexión sobre la dimensión biológica del conocimiento), qué debo hacer (una defensa heterodoxa de cierta ética de circunstancias basada en el humor y la tolerancia), qué me cabe esperar (una aproximación a la alegría de vivir) y, por fin, qué es el hombre (síntesis de todo lo anterior y radiante conclusión del proyecto de Maitena).


P.D. Algunos correos me sugieren (con razón) que vivo anclado en el pasado, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX.

Sólo una aclaración: nunca he dicho la frase, vulgar y falsa, de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Aunque reconozco que por desgracia no comprendo bien el mundo en que vivo. Pienso en todo caso, valga de alegato, que al presente le falta por definición un hervor y que sólo el tiempo, la razón histórica de Ortega, decantará el vino de los posos. Sólo la pátina del tiempo hace de los productos culturales algo valioso y comprensible. Recuérdese, como botón de muestra, lo que le aconteció a Joyce con su inmortal Ulises. En todo caso, esto no expresa ninguna verdad objetiva sino sólo un punto de vista.

domingo, 20 de junio de 2010

El kitsch


El término kitsch, utilizado con profusión en todo tipo de contextos, cultos, informales e incluso periodísticos, procede de la sociología del arte, y contiene varios significados complementarios. Genéricamente designa un amplio conjunto de elementos, tanto objetivos (obras de arte, productos, objetos), como subjetivos (individuos) que calificamos con las expresiones de “mal gusto” o "cursi".

Hay dos formas básicas de comprender en qué consiste el kitsch:
- La obra artística fallida. El kitsch entendido como una obra de arte malograda, basura artística e incluso algo opuesto al arte.
- El individuo dotado de mal gusto. El kitsch entendido como una cualidad no de las obras, sino del sujeto, del consumidor o “fruidor”, es decir, del individuo propenso a disfrutar de las obras de arte y de los objetos y manifestaciones de la cultura, de manera equivocada, deformada o aberrante.

En esta primera entrega vamos a servirnos de numerosos ejemplos para ilustrar el primer significado del término.
Es sabido que el kitsch está vinculado con frecuencia al denominado “arte popular”, al arte de masas en sus manifestaciones más discutibles, entre las que se cuentan la pegadiza canción del verano, la consabida novela histórica que presenta un secreto cuya verdad hubiera cambiado el mundo, el último álbum de un grupo roquero rebosante de decibelios o la dudosa sala pop que expone con el título de Omphalos I al XVI una maligna serie de lienzos cubiertos de rayas negras y fotografías de personajes atrabiliarios.
Es kistch también la interpretación desgarradora y aguardentosa, a ritmo sincopado, que Ray Charles hizo del inspirado tema de los Beatles, Yesterday.

Una variante inversa del kitsch es la popularización innoble que la industria cultural y la publicidad hacen de obras de arte auténticas: la Gioconda utilizada como reclamo de una pasta dentífrica, el allegro de una sinfonía de Mozart en versión de jazz o el tema del andante de un cuarteto de Brahms convertido en la banda sonora de una película pastelera; más ejemplos: las recargadas columnas corintias de la mansión rural de un nuevo rico de Arizona, la Biblia narrada en historietas, la novela de Víctor Hugo Los miserables resumida y mutilada para reducirla a lectura de ferrocarril o un abominable refrito de La Cartuja de Parma de Stendhal servido en uno de los números del Reader’s Digest.

Un caso menos evidente de kitsch son los libros que incluyen reproducciones de los cuadros de los maestros de la pintura con alteraciones relevantes del tono, la luz, la intensidad de los matices y, en general, de la paleta de colores. Esta desviación del original puede dar lugar a la adulteración de la percepción y el concepto de la obra.
También se da el caso opuesto, la elevación kitsch de un dragón con aspecto vagamente oriental, decididamente fraudulento y pasado de moda, al rango de pieza única de un valor inapreciable.
O la combinación recargada de prendas de vestir y complementos que por separado son objetos de diseño… Un pareo blanco de Antonio Barba, un bañador de la firma Mari Claire, un sombrero de verano de Armani, unas gafas de sol Carrera, un bolso de Loëwe y, el toque final, unas sandalias de Sergio Rossi a juego con el bañador (y no por casualidad), puede resultar un conjunto explosivo capaz de desacreditar a la más elegante mujer de mundo.

Por definición el “gran arte” está a salvo del kitsch, aunque puede haber ciertas obras que se sitúan en el límite, incluso dentro de los confines del mal gusto. A propósito de esto, Umberto Eco en su obra Apocalípticos e integrados cita como ejemplo de contaminación estética algunos pasajes de la novela de Hemingway El viejo y el mar, a los que califica de pastiche. En obras como esta, el pathos, el sentimiento auténtico, resbala imperceptiblemente hacia esa forma inferior, propiamente kitsch, que es el sentimentalismo, es decir, la búsqueda del efecto dramático fácil como un fin en sí mismo. El kistch funciona en este caso no como una mala imitación del arte sino como un sustitutivo destinado a conseguir una  fruición más superficial y rápida.
Otro ejemplo de deslizamiento del arte hacia los falsos valores del kitsch son las adaptaciones que los estudios cinematográficos y el star system de Hollywood hicieron hacia los años cincuenta de obras maestras como Guerra y paz o Madame Bovary.

Es kitsch el uso fuera de contexto, alienante, sin intención, sin venir a cuento, de materiales para-artísticos que han sido utilizados antes con validez en ciertas obras genuinas (versos fáciles insertados hábilmente en un texto literario o la presencia en el lienzo de materiales triviales como la arena, humildes como la arpillera, de desecho como la harina de loza o el papel de periódico). Muchos cuadros de pintores neófitos que pretenden redimir su inexperiencia con los excesos de la originalidad caen en esta vieja trampa.

También resulta sutilmente kitsch la degradación de un objeto valioso en un entorno inadecuado: por ejemplo, la presencia de una luminosa cómoda chippendale en una tienda de muebles antiguos rodeada de groseras falsificaciones.
Más ejemplos: según contó el secretario de Gustavo Tornes, pintor conquense y decorador de primera fila, una dama adinerada de la “gente guapa” de Madrid le pidió que se ocupara de la decoración de su flamante palacete; en su primera entrevista, el artista, tras advertir que el salón principal estaba atiborrado de objetos labrados en plata, legítimas alfombras persas, cuadros de gran valor, tapices de la Real Fábrica y mandarines de marfil puro, le sugirió que era indispensable aligerarlo y darle otra orientación… La dama se resistía. Señora, le dijo Torner, esta habitación parece un anticuario. Pues es todo muy bueno, le respondió amoscada. ¡Por supuesto, dijo Torner, si no fuera así le hubiera dicho que parece un bazar! 

O al revés, ciertos objetos de pacotilla, insustanciales y risibles, fueron revalorizados por la estética surrealista hasta convertirse en fetiches indispensables en la ornamentación de toda casa que se preciara de estar a la altura de los tiempos. Pájaros disecados, relicarios, ex votos u ofrendas populares, figurillas de cera en campanas de cristal, chillones cojines japoneses, bustos de Napoleón… Omnipresencia del kitsch.

miércoles, 16 de junio de 2010

El efecto Photoshop


Estamos acostumbrados a recibir cuando abrimos el correo electrónico un aluvión de presentaciones de Power Point que nos envían gentes pelmazas de toda suerte y condición: compañeros del trabajo que normalmente se limitan a saludarnos por la mañana; vecinos de los que sólo conocemos el primer apellido; amigos con los que dejamos de hablarnos hace veinte años; conocidos y conocidas de estos amigos; la ex de la que nos separamos con bronca hace poco, también su nuevo apaño; en fin, por si fuera poco, tu mujer actual te bombardea con sus chistes preferidos, y tus hijos y los hijos de tus hijos…
A los seis meses de prosperar esta calamidad preparé mi programa de correo para que fulminara automáticamente todos los archivos que llegaran con el apellido pps. Pero no; no fue la solución. Los que te endosan las consabidas bagatelas al ritmo de cuatro diarias no se conforman con eso; trascurrido un tiempo prudencial (24 horas), personalmente o por correo te habrán de requerir para que les expliques con detalle cuánto te has divertido y por qué con cada una de las monsergas que, por gentil e indefenso, te endosaron. Créeme, lo mejor que puedes hacer es comunicar a tus perseguidores, con diplomacia vaticana pero con firmeza británica, que no te convencen esos juegos, que eres un tipo bastante raro, que lo sientes… pero que paren de una vez.
Hay que reconocer, en cualquier caso, que tales envío son a veces ingeniosos, insólitos, desternillantes. Los que realmente me gustan (un 0,5 por ciento) los tengo guardados en una carpeta de mis documentos a la que he dado el vago nombre de “varios”. Me dan ganas de enviaros unos cuantos, por ejemplo, el de la tribu de los chachos que…
Pero no. Quería referirme exclusivamente a los pps que podríamos denominar como “artísticos o de buen gusto”. Son muy variados, pero tienen algo en común que me ha incitado a decir del tema. Si se trata, por ejemplo, de la Capilla Sixtina, proliferan los detalles excesivos, como el reiterado primer plano del dedo de una Sibila, o al revés, un conjunto de la estancia tan prolijo que es imposible procesar la información que contiene. Si es la catedral de Chartres, se muestra el angular exagerado de una capilla lateral, si es un cuadro de Velázquez, el picado central desde un socavón imaginario; el David de Miguel Ángel (irreconocible) no parece que mida cinco metros sino cincuenta y su trasero resulta enorme y desproporcionado en relación con la cabeza; si se trata de un paraje, por ejemplo un tranquilo lago canadiense, la cámara se sitúa al ras del agua para ofrecer una visión imposible de los cuatro elementos.
Si es la incomparable Hoz de Tragavivos, excavada por el río Guadiela en la Serranía de Cuenca, la fotografía nos muestra el plano corto de la cabeza y las alas de un quebrantahuesos volando, por debajo del cual contemplamos un panorama lejano, borroso, informe que bien podría ser la vega de Granada o la taiga siberiana. Para empezar, en Tragavivos no hay quebrantahuesos sino buitres. Además, sus quebradas, cortados y pozas tienen una personalidad inconfundible, única. He tenido la oportunidad de atravesar la hoz con mi hermano, un viejo amigo y el perro de mi padre; he pescado y dormido en ella, he oído sus ruidos nocturnos… la composición que nos proponen es una parodia sin sentido.
Si se trata de la Muralla china, nos deslumbran con una vista de pájaro que abarca la totalidad del perímetro defensivo y, prácticamente, toda China. La fotografía parece hecha desde un transbordador de la NASA… Si es un palacio rococó (uno de los temas favoritos del subgénero) la perspectiva de la escalera central es tan desmedida que parece el hueco en espiral del ascensor de un rascacielos o la rampa central que circunda la torre de Babel: si visitáramos al día siguiente el monumento en cuestión no lo reconoceríamos aunque tuviéramos seis ojos.
La mayoría de estas presentaciones no son fotografías del natural, sino que han sido confitadas con el famoso editor gráfico Adobe Photoshop. El resultado de esta transmutación informática, de este collage a escala planetaria, de este “corta y pega” universal, es que los valores estéticos de sorpresa y originalidad se han convertido en una farsa aberrante.
(La realidad, los elementos, la fiesta de la naturaleza, la obra de arte, los colores y los cuerpos son bellos en sí mismos; su verdad se muestra sin artificios y, en ningún caso, existen ensueños sustitutivos).

lunes, 14 de junio de 2010

El lenguaje de la política


Analizar la gramática del lenguaje político supone retornar y retomar las ideas realistas en torno al tema de Maquiavelo (1469-1527), el pensador renacentista que las fijó para siempre.
No vamos aquí a exponer el pensamiento político de Maquiavelo, aunque sí admitiremos plenamente el hilo conductor de sus reflexiones, ahora más actuales que nunca.
En primer lugar, si queremos entender el problema propuesto, debemos centrarnos empíricamente en lo que la política es, no en lo que debiera o pudiera ser. La primera consecuencia de este planteamiento es la autonomía del lenguaje político, es decir, su independencia o desvinculación de otros lenguajes de rango superior.
El lenguaje de la política, por tanto, no está subordinado a la religión, como pensaban los teólogos medievales como Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, y piensan ahora los teóricos del fundamentalismo, sean islamistas o cristianos.
Tampoco está subordinado a la ética, como afirmaba en la antigüedad Aristóteles y en nuestros días los honestos pero ingenuos defensores del universalismo cultural, para quienes el ordenamiento jurídico que vertebra la sociedad civil debe recoger, proteger y fomentar los derechos humanos que formula la comunidad internacional. No acaban de reconocer que tales derechos, condenados a superestructura del liberalismo económico, son el aceite lubricante, el bálsamo del capitalismo industrial y financiero.
Tampoco el lenguaje político está vinculado a la antropología, como sugería Platón, al defender que el Estado ideal debe construirse a partir de la división del alma humana en sus partes constituyentes (racional, emocional e instintiva); y ahora defienden los partidarios del naturalismo jurídico, quienes mantienen que del análisis racional de la naturaleza humana se siguen unos principios y normas universales (derecho natural) que fundamentan el entramado legal de la sociedad política (derecho positivo). Otra ideología metafísica al servicio de la propiedad privada y los mercados
Tampoco el lenguaje político está supeditado a la utopía, género costumbrista cultivado con profusión durante el Renacimiento (Moro, Campanella, Bacon) y actualmente plasmado en ciertos proyectos tecnocráticos, inquietantes a pesar de ser ciencia ficción, o en los programas de las “izquierdas evanescentes” que especulan con quimeras en la vieja Europa mientras la derecha gobierna.
Tampoco está sometido a las reflexiones de la razón práctica. Por muchos argumentos que aportemos a favor de una determinado tesis política, al final, como dictaminó acertadamente el emotivismo de Hume, quien acepta la idea y decide la orientación -es decir vota- son los sentimientos; de ahí que el electorado de un país sea sorprendentemente fiel a sus afectos. A nadie se le escapa que no votamos con la cabeza y que las consideraciones que influyen en nuestras aprobaciones o desaprobaciones políticas son cualquier cosa menos racionales.
El lenguaje de la política ni siquiera está sujeto a los dictados de la lógica: es perfectamente válido para un partido político defender unas ideas mientras está en el poder y justamente las contrarias cuando está en la oposición (con los mismos nombres y apellidos).
Esto no significa que la política real, la única que merece tal nombre, deba ser contraria a los dogmas religiosos, a las normas éticas, a los pilares de la condición humana, a las aspiraciones irrenunciables de la vida social, al uso práctico de la razón o a las normas inmutables de la lógica. En absoluto, lo que debe hacer es utilizarlas para sus fines. El buen político, debe aparentar respetar, cumplir, seguir, desear, distinguir, adecuarse… si eso contribuye al buen gobierno de su nación, y si conviene lo contrario hacerlo igualmente y con la misma firmeza.
Un príncipe, decía Maquiavelo, puede utilizar a un cruel jefe de policía para reprimir violentamente una rebelión de campesinos y después de sofocada puede acusar al jefe de inhumano, juzgarlo y ejecutarlo a fin de aplacar el odio de los represaliados. Así habrá matado dos pájaros de un tiro…
Asimismo, determinados valores éticos, como la amistad, no tienen ningún significado político, porque, como dice Maquiavelo, un político que tenga amigos puede hacerles confidencias que, en otro momento, pueden publicar por enemistad surgida o por ambición personal, lo cual es contrario a la eficacia y al gobierno.
¿Cuáles son las reglas específicas del lenguaje político, su gramática universal?
Se pueden resumir en las siguientes:
1) Aspirar al poder sin ninguna limitación o condición como el fin último de la política al cual se reducen todos los demás.
2) Conseguir el poder, para lo cual todos los medios son lícitos: este es el significado de la frase “el fin justifica los medios”, que nunca dijo Maquiavelo, pero resume a la perfección su pensamiento político.
3) Mantener el poder mediante la valía personal (“virtù”) del gobernante y la utilización sistemática de los lenguajes extra políticos tanto en sentido positivo como negativo.
4) Extender el poder, ya que cuanto mayor es el poder acumulado y menores sean las trabas, más fácil resulta gobernar eficazmente.
5) Establecer el bien común, pues sólo el cumplimiento de las anteriores reglas garantiza el ejercicio cabal de la política. Dicho con otras palabras, el gobernante que no las cumple es un mal político. Y si un gobernante no desempeña su cometido, el resultado es inevitable: antes o después pierde el sillón en favor de otro. El amor ilimitado al poder es la única garantía del buen gobierno.
Sin duda la degeneración más grave de la política consiste en sustituir el respeto estricto a las reglas por la ambición. El político ambicioso las usa para alcanzar la satisfacción de sus intereses personales. En esto consiste precisamente la corrupción política y su corolario: la creación de una amplia red de influencias sociales en todas las direcciones, desde repartir puestos de trabajo, prebendas mercantiles o entradas para el combate de boxeo.
Llevaba razón Platón allá por el siglo V a.C. cuando al exponer en el diálogo de madurez República su concepción de la justicia y del Estado, mantenía que entre las castas que componen la sociedad ideal (los gobernantes sabios, los guardianes armados y los productores de bienes), las dos primeras, las encargadas de la dirección política, debían vivir en un régimen de comunismo total, sin propiedades ni familia, ya que sólo así era imposible la ambición y la corrupción personal, propiciando además la exclusiva dedicación de las clases dirigentes al servicio de la comunidad.

viernes, 11 de junio de 2010

Debilidades femeninas 3. La fijación por las muñecas


Todas nuestras conductas, según la psicología general, se reducen a tres tipos: innatas, adquiridas y madurativas.
Las primeras forman parte de nuestra herencia genética y se han formado a lo largo de millones de años de evolución. Por ejemplo, la nutrición, la eliminación de sobrantes, la sociabilidad, la sexualidad o la filiación (tendencias instintivas las dos últimas que la fe cristiana confunde desde la Edad Media).
Las adquiridas son modificaciones de la conducta que surgen como resultado del aprendizaje, un proceso que dura toda la vida. El hombre lo aprende casi todo, tanto lo que le beneficia como lo que le perjudica. Cualquier instructor, enseñante, terapeuta, sabe que lo malo de algunos principiantes, discípulos, pacientes, no es lo que no saben sino lo que saben.
Las madurativas no son conductas innatas ni adquiridas, sino que dependen del desarrollo de ciertas estructuras orgánicas y del sistema nervioso. No nacemos con ellas, pero tampoco interviene la experiencia. El cambio en la conducta se produce por el avance neurofisiológico del individuo. El niño a partir de los once meses siente el impulso de hablar, de levantarse del suelo y andar, de abandonar el biberón por las papillas...
Jugar con muñecas participa de los tres tipos de conducta.
Tiene un componente innato debido a que en todas las especies el instinto de filiación o apego hacia la cría es mucho más intenso en la hembra que en el macho (a ver si resulta que somos evolucionistas en todo menos en esto)… Es evidente que los fabricantes de muñecas no necesitan hacer sondeos psicosociales para promocionar medianamente sus productos.
El componente aprendido es cultural y muestra la discriminación de la mujer en la sociedad patriarcal que la ha excluido de la vida pública para desterrarla a la vida privada, al hogar familiar, a los trabajos domésticos, al cuidado del marido y a la crianza de los niños. El proceso de socialización de la mujer se ha basado, entre otras pautas machistas, en el aprendizaje de papeles bifurcados, como los adscritos a los juegos infantiles: los juguetes bélicos para los niños y las muñecas para las niñas.... todo muy conocido.
También jugar con muñecas es una conducta madurativa, ya que a partir de cierta edad las adolescentes crecen, se olvidan de las muñecas y se interesan por otros escenarios más sugerentes. Sin embargo, la maduración femenina en este tema entra en conflicto con lo que tercamente nos muestran los sentidos: nuestra madre, nuestra esposa, nuestra hija de veintitantos años, tienen sus cuartos, anaqueles, rincones favoritos, rebosantes de muñecas; y que esas muñecas a la que amorosamente limpian, peinan, visten, abrazan ante el asombro celoso del otro género, son, como el perro o el ordenador, uno más de la familia.
La solución a esta aparente antinomia hay que buscarla en la existencia de dos clases de muñecas: las infantiles y las que podemos llamar “juveniles en adelante”.
Las muñecas infantiles son los mencionados juguetes sexistas… Es bastante raro que las mujeres maduras conserven las “muñecas de rol”. La ley de la maduración se cumple, por tanto, sin contraejemplos dignos de mención.
Nos olvidamos de ellas y pasamos a ocuparnos de las que realmente fascinan a las mujeres, las otras, las de ensueño, las que componen el mundo mágico de las muñecas: las de fieltro (auténticas filigranas de la imaginación), las artesanales (originales y únicas), las de trapo (mimosas y entrañables), los peluches o felpas rellenos de algodón (tiernas y besuconas), las de colección, como las muñecas francesas de porcelana o las antiguas, como la inolvidable Mariquita Pérez de la imagen; también las muñecas internacionales (hechas con los materiales más insospechados, los japoneses las hacen con cartón doblado y los esquimales con piel de foca), las históricas (muñecas egipcias, griegas o romanas, objetos de museo que periódicamente se subastan en las galerías de las principales capitales europeas); por último, las muñecas recortables, no menos admirables pese a la austeridad del papel, con su interminable conjunto de vestidos y accesorios llenos de sorpresas y delicias manuales.
También hay muñecas de tercera fila, como las cursis nancys, o las detestables blythes y bratz; pero sobre todo, las barbies, un icono kitsch, muy del mal gusto de la estética neoliberal que considera a las mujeres un género vacío, un rostro sin vida. Según la ideología trivial de este icono, lo que caracteriza a las mujeres no son sus rasgos seductores, su mirada adorable, su cabello encantador, sus gestos peculiares, su temperamento, carácter y personalidad únicos… sino un estatus social fijado y valorado según criterios de prestigio y jerarquía. Las barbies, al menos las que salieron en la primera hornada, eran la misma esfinge en diferentes versiones: controladoras de vuelo, ejecutivas, cirujanas, arquitectas, banqueras, ingenieras de caminos, registradoras de la propiedad o presidentas del consejo de administración; en general, representaban todas las posiciones sociales de la clase dominante. Francamente, puestos a elegir, prefiero las emblemáticas muñecas hinchables, sex symbol de los años ochenta que sólo han existido en la imaginación calenturienta de los realizadores de cine franceses.
La degradación de la forma y función de las muñecas apareció a finales del siglo XX y su objeto material fueron los tamagotchis, unas mascotas virtuales de forma ovalada, creadas por la industria japonesa del entretenimiento, a las que era preciso (copio el menú de aplicaciones de un modelo barato) alimentar, bañar, regañar, felicitar, curar de alguna enfermedad, encender o apagar la luz, divertir, sacar a pasear, etc. puesto que si lo no hacías con probada diligencia se morían mustiamente en tus manos. No me voy a molestar siquiera en execrar sus valores deplorables, simplemente me parece un invento turbio y alienante. Añadir tan sólo que por primera vez el mercado del ocio había dirigido su oferta a un segmento de la población (“sin distinción de sexo, raza o condición”) con trastornos latentes o patentes del comportamiento. Cuando se preguntó a los directivos de la empresa por este peculiar diseño de las ventas, se pusieron a la defensiva y aseguraron que, en todo caso, si la mascota electrónica no solucionaba ciertos problemas personales muy extendidos (puede que en esto lleven razón), al menos les servía de atenuante. A primera vista parece que se logra justamente lo contrario: agravar los síntomas y cebar el conflicto mental.
Para terminar con pesimismo, en un futuro todavía lejano, más allá de las materias primas y de la realidad virtual, se vislumbra un horizonte siniestro: un mundo infeliz, una sociedad tecnocientífica en la que se fabrican en serie, mediante complejos procedimientos de clonación genética, seres vivos con fines meramente instrumentales; “humanoides” dedicados al trabajo y al placer: serán las muñecas del siglo XXII.

domingo, 6 de junio de 2010

Debilidades femeninas 2. La adicción a la moda


En esta segunda entrega me refiero con cierta aprensión a la segunda de las debilidades femeninas: su innegable adicción a la moda.
Recordamos el primer significado del término en el diccionario de la Real Academia de la Lengua: Moda. Uso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, o en determinado país, con especialidad en los trajes, telas y adornos, principalmente los recién introducidos.
Suelen considerar los expertos en la mente humana, y la explicación en este caso es verosímil, que la moda es una variante típica del “aprendizaje social”. Es mejor explicarlo con un ejemplo. Una joven decide comprarse en una tienda de diseño (por ejemplo Z…) una cazadora de cuero malva, ajustada, con galones en los hombros y enormes botones dorados, un modelo exclusivo que se acaba de presentar como la novedad del otoño (un modisto gay de la firma se inspiró para crear la primicia en el uniforme de gala de un bigotudo coronel de artillería, amigo suyo). Horas más tarde, la joven en cuestión se la calza presumida para acudir a la fiebre del sábado noche. Nada más entrar en su discoteca favorita (es la última en llegar para buscar el efecto soñado) su gente, unos y otras se aproximan deslumbrados por el aura de la prenda y de la percha, mientras un sentimiento agridulce (para el que no encuentro nombre), intermedio entre la sana admiración y la envidia mezquina, sobrevuela el ancho mundo.
La bella de noche es reforzada directamente por los demás con sus requiebros y las demás indirectamente se refuerzan en el refuerzo de la bella (también a ellas les gustaría ser requebradas). Así de sencillo. El resultado de este mecanismo universal de asociación de ideas es que el lunes por la tarde, curada la resaca, sus primas, amigas, conocidas de primera, segunda y tercera, también las desconocidas, tras fijar los pormenores de la prenda, se precipitan al galope en las tiendas que Z… tiene repartidas por la corte.
Pero la clonación no acaba ahí, por supuesto, sino que se centuplica aquí, allá, por todas partes y el número de bellas crece en progresión geométrica. Al cabo de un tiempo, por ejemplo tres semanas, la moda se ha instalado en la ciudad y sigue en alza. A los dos meses, como mucho, en un pueblo de la sierra extremeña una joven que estudia en Cáceres asiste a la verbena del santo patrón con una extraña casaca morada que levanta la curiosidad de propios (los mozos del pueblo) y extraños (los del pueblo de al lado). Algunos la saludan con aires marciales. (La bola sigue creciendo).
Por supuesto, la tienda de origen y otras del ramo (que han copiado la prenda) amplifican sus primores, porque, después de todo, también la moda es un negocio. Las últimas “oscilaciones del gusto” que he captado, aunque no soy muy perspicaz, han sido la invasión desternillante (¡son geniales las mujeres!) de las botas de cuero altas y las medias ajustadas con pantalón corto, aunque en ambos casos la primavera las ha fulminado.
Ahora bien, ¿por qué declinan y se acaban las modas?
En primer lugar porque si no fuera así no serían modas sino clásicos, por ejemplo, el aburrido conjunto formado por un pantalón gris perla con pinzas, chaqueta azul marino cruzada, camisa blanca de algodón, corbata burdeos lisa, y calcetines y zapatos negros.
En segundo lugar, por otra ley universal de asociación de ideas: “si una conducta adquirida no se refuerza, deja de realizarse gradualmente hasta que se extingue”. La moda, como todo aprendizaje social, tiene una curva ascendente y descendente. “Todo lo que sube baja”, como le ocurre a la bolsa, a los anuncios de la tele y al universo, que primero se expande por la gran explosión y después se contrae por la gravitación universal. Llega un momento en que ningún parroquiano de la aldea se altera porque las mozas se pongan atuendos paramilitares. En las discotecas de la capital, las tres cuartas partes de las jóvenes van con uniforme malva…
Las multinacionales del trapo deciden que ha llegado el momento de cambiar de rollo. El chiste comienza a rayarse y hay que inventar otro. En un despacho de la oficina central de Z… (Taiwán) un equipo de especialistas analiza los pormenores del nuevo proyecto: color, textura, varianza, focalización de la oferta, impacto en el mercado, redes de distribución, costes añadidos, previsión de beneficios… sobre todo, hay que crear la ilusión de una transición suave y espontánea entre ambos productos, decadente y emergente. (La lógica de la dominación extiende sus negras alas).
Tampoco los jóvenes, en general los hombres, están a salvo de los avatares de la moda, aunque son menos propensos a sus cantos de sirena. La pregunta, simple, evidente (e inquietante), es “por qué”. La respuesta, si la hay, apunta a los rincones más ocultos de la mujer, a lo que Goethe llamaba “el eterno femenino”, una feliz intuición pero sin concepto, algo que percibimos, que nos arrastra pero no podemos aprehenderlo. Nietzsche, desesperado por lo inasible del problema, lo negaba: todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una feliz solución: se llama embarazo. Discrepo totalmente. En mi opinión (porque no es otra cosa que mera conjetura), con el embarazo comienza el segundo misterio de la mujer y el primero permanece intacto. El tercero, y de este no voy a hablar, es que su principal debilidad, lo que las hace más humanas, lo que desgraciadamente las pierde, es su compasión por los hombres.
Para terminar, permítaseme ponerme más serio de lo normal y depositar en los surcos de la idea una leve semilla, minima moralia, pequeñeces de la vida relacionadas con la definición de la Academia. La moda es algo profundamente impersonal. Los usos, la moda entre otros, no dependen de nosotros, sino que tienen un significado propio que no es de carácter individual sino colectivo. En los usos, el sujeto no decide ni controla la acción, sino que es controlado y movido en una dirección determinada. Son lo que se dice, se piensa o se hace. Los usos no surgen originalmente del individuo, sino que son impuestos por la gente y son el punto de inflexión que marca el tránsito del yo al nosotros. Si no los respetamos, el entorno ejerce represalias, contratiempos y sanciones. Los usos, constituyen el núcleo en torno al cual funciona la vida social, una forma de vida, dice Ortega, superpuesta. Es vida, pero sin sus características esenciales, es vida sin alma. La sociedad, la colectividad es la gran desalmada ya que es lo humano naturalizado, mecanizado y como mineralizado.

martes, 1 de junio de 2010

Debilidades femeninas 1. Las cremas de belleza


Estoy dispuesto a admitir que, comparado con la mujer, el hombre es la “raza inferior”. Creo firmemente en la superioridad mental y corporal de la mujer. Las adolescentes, es obvio, alcanzan la madurez mental mucho antes que los chicos (suponiendo que el hombre la alcance alguna vez); cualquiera que haya dado clases sabe que las estudiantes en general son más capaces que sus compañeros, que trabajan más y sacan mejores notas. Por su parte, el cuerpo de la mujer es capaz de gestar la vida y además es incomparablemente más bello que el nuestro…
Si se me permite apelar a los sentimientos y al carácter diré que las mujeres son más personas que los hombres, por más que la sociedad patriarcal y el machismo dominante durante siglos traten de contarnos otra historia. No tengo la menor duda de que los dogmas de las religiones que quieren salvarnos de nosotros mismos, las visiones de las ideologías que nos envuelven como una niebla pegajosa, los códigos morales que nos prescriben normas insufribles… no son sino la cristalización de las fantasías sublimadas del varón-arquetipo.
¡Qué más puedo decir a favor de mi admiración por el mal llamado “sexo débil”! (una burda formación reactiva que trata de invertir las miserias masculinas). Sólo puedo añadir que comparto la sólida convicción de Nietzsche: si la verdad existe, es una mujer hermosa.
Sin embargo, todo lo suscrito no debe ser un obstáculo para que me refiera en tono menor, con amor y con humor a ciertas debilidades femeninas. Las voy a enumerar primero para que el lector/a de estas líneas pueda, tras su anuncio, prescindir de su lectura y abandonar abruptamente las consideraciones que siguen: a saber, el abuso de las cremas, la adicción a la moda, la fijación por las muñecas, la inclinación morbosa por el chocolate y la pasión por las “amigas el alma”. Las presentaré en cinco entregas sucesivas, a imagen reducida del folletín, ese género literario que cultiva con talento mi amigo Antonio Castellote.

Cualquiera que esté casado y tenga una hija sabrá a lo que me refiero ya que en algún lugar de la casa habrá un armario de tres cuerpos destinado exclusivamente a amontonar las cremas. Si Aristóteles o el gran Linneo vivieran, podrían dedicar una parte de su obra a investigar la escala y variedad de los ungüentos. Pueden clasificarse por su aplicación, durante la mañana, la tarde o la noche. Por su carácter terapéutico o sintomático; por la parte del cuerpo que nutren y embellecen, desde la raíz del cabello hasta el dedo gordo del pie; por su uso específico dentro de la misma gama: no se piense, por ejemplo, que hay cremas hidratantes genéricas, ni mucho menos: hay cremas hidratantes para el cutis, para las manos, las piernas, y dentro de estas, para la mano derecha o la pierna izquierda y así sucesivamente…
Otro axioma incuestionable es que tales productos tienen unos precios siderales. Los astutos laboratorios de belleza saben que lo realmente bueno, puede ser bonito pero no barato. Además, para ser eficaces, las cremas no pueden venderse en el “chino” de la esquina, sino en una flamante y espaciosa parafarmacia; ni qué decir tiene que la Seguridad Social, que sabe del tema, no cubre el precio de las recetas. Los dermatólogos, conozco alguno, expiden bálsamos y remedios simplemente para que las pacientes no se ofendan si les dicen lo que saben e indignadas se vayan a otro galeno que realmente las comprenda. Y lo que saben es que las mujeres hasta cierta edad (cuando son jóvenes) no necesitan las cremas y a partir de cierta edad (cuando no lo son) tampoco, aunque por razones inversas.
No voy aquí a meterme en la trampa conocida (por los pedantes como yo) por el nombre de La paradoja de Russell. Tres ejemplos de la misma: ¿Cuántas gotas de agua son precisas para que llueva? ¿Cuántos granos de arena se necesitan para formar un montón? ¿Cuántos cabellos hay que tener para considerarte calvo? Aplicada a nuestro caso: ¿Cuántas primaveras debe tener una mujer para que se considere joven? Pisamos aguas cenagosas, diría Sherlock Holmes a su fiel compañero de fatigas.
En fin, para mí, el mayor inconveniente de las famosas y nunca bien ponderadas cremas es que las señoras las consideran parte esencial del aseo matutino y escogen el cuarto de baño para su embadurnamiento ritual. Más tarde, el confiado marido trata de ducharse, sin advertir que el suelo de la bañera escurre mortalmente a causa de las grasas y aceites destilados. Tras los primeros batacazos, el sujeto paciente adquiere el hábito de eliminar con esmero los residuos tóxicos, altamente peligrosos, que atentan a diario contra su integridad física. O mudarse al baño pequeño. 
Por lo demás, reivindico sin fisuras la libertad de cada cual para engañarse de la manera que le haga más feliz; es sobradamente conocido que en el mundo en el que estamos arrojados no importa demasiado la certeza o el error, es decir, si llevamos razón, cremas o no llevamos nada.