sábado, 18 de marzo de 2017

La Unión Balompédica Conquense


Todo buen aficionado al fútbol tiene dos equipos del alma: el grande y el del terruño. En mi caso es evidente para quien me conozca o haya seguido mi blog que el primero es el Atlético de Madrid. El segundo la Unión Balompédica Conquense.
Soy madrileño pero por el trabajo de mis padres me he criado en Cuenca hasta los dieciocho años. Mi pandilla era muy aficionada a darle patadas en serio a la pelota de cuero. Antonio, José Ignacio, Pepe de Diego, Angelito, Juan Ramón, Rafa Portilla, Rafa Morazo y tantos otros… Recuerdo incluso las liguillas a tres que montábamos en los recreos los compas del instituto: Sapo-Cerri, Tempra-Fito, Sapo-Tempra, Cerri-Fito, etc. Pero sobre todo me vienen a la memoria los partidos épicos que la panda organizaba los fines de Semana en el solar de la fabriquilla (un aserradero de madera en las afueras de Cuenca) que duraban toda la tarde: desafío, revancha, contrarrevancha, desempate final… A veces, otro amigo, Pipe Murcia, gran chico, nos invitaba a jugar en la finca agropecuaria del Terminillo, en pleno campo al sol de primavera (nos llevaban en una camioneta de la explotación) con porterías de tres palos y suelo de hierba de prado, desigual y alta, pero un sueño para la imaginación cuando todavía no había sido fulminada por internet, la alta definición y los videojuegos. Entonces había imaginación, no imágenes. Teníamos quince años y grandes equipos aparte, donde las diferencias eran insalvables (por lo demás las de siempre) a todos nos unía el amor a los colores de la Unión Balompédica Conquense.
En una pizarra de dos metros en medio de Carretería, la calle principal de Cuenca, se anunciaban los pormenores del partido del domingo. El presupuesto no daba para carteles y mojigangas. No nos perdíamos ni uno. A las tres y media (en invierno antes) estábamos como clavos en la cola de las taquillas de la Fuensanta, el estadio. Había entradas a mitad de precio para menores de doce años. El chollo colaba porque Santiago uno de los puertas, muy amigo del padre de Juan Ramón, hacía la vista gorda. Un día lo destinaron a las oficinas del club y cuando le dimos las entradas al nuevo, nos midió de arriba abajo y sentenció con voz firme: con que menos de doce años; no os dejaba solos con mi hija ni cinco minutos. A correr a España. En taquilla nos mandaron a freír espárragos por farsantes. Al final, tras un desgarrador lamento, nos cambiaron las entradas pagando una fortuna. Entonces decidimos hacernos socios. Había carnet para jóvenes (hasta los dieciocho años) y, en comparación con la nueva tarifa, salía rentable. Además nuestros padres pagaban la cuota en una cuenta bancaria y de paso nos perdían de vista los domingos por la tarde. Negocio redondo para todos.
La Fuensanta era entonces un campo de tierra con una tribuna y unas gradas enfrente (no recuerdo cuántas pero no más de diez o doce) de cemento puro y duro que cubrían el lateral del campo. El resto estaba simplemente limitado por una barandilla metálica de un metro pintada de blanco. Había más recogepelotas que en Maracaná. El campo sólo se llenaba hasta los topes (día del club, medio día del club, precio especial) cuando venían lo equipos punteros de Madrid: el Moscardó, el Plus Ultra (filial del Real Madrid) y el Rayo Vallecano que nos metían unas zurras de miedo. En aquel Rayo comenzó su carrera un jovencísimo y letal Felines. El delantero centro del Plus Ultra era Grosso, luego jugador del Real Madrid que al final de una liga se lo cedió al Atlético para reforzar la delantera y evitar que bajáramos a Segunda (¡Qué tiempos aquellos!).
Nos sabíamos la alineación del conquense de memoria: Mayo, Sanz, Klett, Parada, Arias, Arche, Portillo… Por cierto, a Arias, el mejor con diferencia, lo fichó el Valencia donde dio muchas tardes de gloria a la afición del Turia y llegó incluso a la selección española. Debían cobrar cuatro duros, desplazamientos y poco más; lo más lejos que iban era a Tomelloso, la mayoría en su seiscientos; en realidad eran jugadores aficionados; por ejemplo, el extremo derecha Portillo era empleado de El Corte Inglés y así sucesivamente. Ahora la Fuensanta es un recoleto estadio de césped natural con capacidad para 6.700 personas (les obligaron a acondicionarlo cuando subieron a Segunda B en la temporada 77-78) e incluso disputaron en 2004 un emocionante partido de promoción a Segunda contra el Madrid B en el Bernabéu donde “casi dan la sorpresa”. Su uniforme es camiseta blanca, pantalón negro y medias negras. Hace tiempo que les he perdido la pista pero suelo leerme los resultados cada fin de semana. El club tiene una página web http://www.ubconquense.es/ pero al menos hoy no he conseguido abrirla. La última vez que vi la Fuensanta fue desde un ventanal del colindante Hospital Virgen de la Luz durante una visita a un familiar.
Lo cierto es que las anécdotas que cuento datan de los años setenta. Las gradas se petaban de socios y simpatizantes. Muchas veces cuando el partido había empezado se abrían las puertas y entraba la chiquillería andante de San Antón y otros “barrios bajos” de Cuenca. Se  ponían en la barandilla detrás de la portería del equipo visitante para darle la murga. A veces una pareja de guardias los dispersaba por el campo cuando se hartaba el entrenador.
Mientras que en el Calderón no conoces a nadie, lo bueno de La Fuensanta es que te sabías la vida y milagros de cada hijo de vecino. Aquello parecía un patio de corrala más que una grada. Las localidades no estaban numeradas aunque los grupos de amigotes y novias (una vez casadas pasaban ampliamente del tema, o sea, del fútbol y el marido) solían sentarse por las mismas zonas. Los bocinazos de según quien eran coreados con grandes risotadas o abucheos. Quien te conozca que te compre. Solo en las grandes ocasiones había alguna que otra pancarta más bien chapucera. Tampoco había cánticos corales ni grupos ultras. En cuanto diluviaba había que suspender el partido porque la tierra se convertía en el magma primordial del que se formó el mundo. Muchas veces a la vista del parte meteorológico el partido se aplazaba sin fecha. La temporada duraba dos meses más para recuperar el tiempo perdido. El fútbol era por supuesto de medio pelo para abajo, los goles venían casi siempre precedidos de cantadas inauditas de la defensa o del portero o bien de follones y rechaces que duraban diez minutos en el área tras un saque de esquina. Para rebajar el aburrimiento el fuera de juego prácticamente no existía. No se me olvidará la tarde que apareció por el túnel de vestuarios, debajo de la tribuna, un árbitro jorobado. Silencio expectante en el respetable no repuesto aún de la sorpresa. A los cinco minutos ya era el “chepi”. En la segunda parte la gente lo dejó en paz.
A las diez de la noche en la radio local era obligado escuchar el programa deportivo Junto a la cepa del poste por Román de Lerma donde se entraba en jugosos pormenores, valoraciones del partido y entrevistas con los protagonistas. La crónica periodística del Ofensiva, prensa del Movimiento y único diario de la capital, era un espejo de lo dicho en la radio y aunque con distinta firma resultaba evidente la común autoría. Román debía tener un enorme fichero acumulado durante muchas campañas de frases hechas, tópicos y banalidades (hoy es igual) que copiaba y pegaba según las incidencias y resultados.
En las ferias y fiestas de San Julián solían traer a precio de oro (supongo) a un equipo de primera división que venía cargado de suplentes y canteranos. Recuerdo un año que vino el Atlético de Madrid de Gárate sin Gárate que se llevó el trofeo en los penaltis. Corazón partido. Es la única vez en mi vida que no me hizo gracia que ganara el atleti.

viernes, 24 de febrero de 2017

Los viajes organizados

Ahora todo el mundo, desde jóvenes de veinte o menos, matrimonios treintañeros, jubilados añejos y ancianos del último viaje, visita los lugares más recónditos del mundo. Este fenómeno global ha sido denominado, como no, por los franceses, Les nouveaux voyageurs (los nuevos viajeros). Obviamente las causas son múltiples y hay que buscarlas en las facilidades de información y contratación mediante las nuevas tecnologías que permiten ir al faro del fin del mundo desde tu portátil, a la proliferación de vuelos low cost o a las ofertas tentadoras de hoteles y apartamentos en temporada baja. También al éxito en la tele de los documentales dedicados a enseñarnos las maravillas de lugares exóticos (un ejemplo es el canal Viajar). Y, sobre todo, al surgimiento de una nueva forma de vitalismo colectivo, al impulso de ensanchar geográficamente los límites de la vida, un retorno al espíritu del Renacimiento digno de ser estudiado por la psicología de masas. Sin duda esta es la cara más amable de la globalización.
Hay muchas formas de hacer el petate y salir pitando, incluso cargado de niños, al aeropuerto internacional más cercano. Estas son algunas de las opciones del nuevo viajero:
- Las diferentes formas de ecoturismo.
- Los safaris fotográficos en África con “refugios de avistamiento en medio de la jungla”.
- El turismo rural en cabaña o la aventura con mochila y tienda en “los espacios vírgenes”.
- El seguimiento parcial o total de las grandes rutas de los exploradores del siglo XIX incluidas las expediciones polares.
- Los itinerarios antropológicos (visitas a poblados africanos, amazónicos o esquimales).
- Los paraísos isleños del Pacífico sur o los rigores de la Australia profunda…
- Balnearios milagrosos donde al final lo de menos son las aguas termales.
- Estancia mística en monasterios compartiendo los madrugones de los monjes.
- Los increíbles paisajes urbanos de los emiratos árabes.
- El viajero solitario que vaga sin rumbo por los pueblos profundos de un país (o continente), entregado al azar diario de las circunstancias o a los destinos elegidos de pronto mientras acaba de desayunar en un puesto de la calle.
Y por supuesto la vieja Europa. Aquí me voy a referir a los llamados “viajes organizados” del tipo conozca Roma, Florencia y Venecia en una semana. Tales viajes, sean del Inserso o de El Corte inglés, tienen sus ventajas y sus inconvenientes; una de las ventajas es que normalmente salen más baratos que ir por libre (aunque depende del paquete de servicios que contrates); también que te lo dan “todo hecho”, te resuelven los problemas del idioma (el intérprete evita que saques a pasear tu intolerable spanglish) y que metas la pata más de la cuenta en ciertas situaciones por aquello del relativismo cultural y la gran variedad de usos sociales. Pero aquí voy a referirme más bien a los segundos, a los inconvenientes, en una relajada crítica costumbrista de los grupos heterogéneos.
Para empezar, en el ejemplo italiano, viajar no consiste en poner la chincheta a mil por hora en los rincones, restaurantes, tiendas, museos o monumentos que recomiendan con letra capitular las guías de turismo pastoreados por una azafata abanderada que se detiene, pongamos por caso, en ciertos cuadros de una famosa pinacoteca para que el cicerone de la agencia nos empache a sus anchas. Las explicaciones al cabo de un tiempo resultan abrumadoras; a la mayoría se la sudan. Cuando empiezan a aburrirse los menos tímidos deciden intervenir con continuas preguntas. ¿Es cierto que el rey era bisexual? ¿Qué significa el pájaro del árbol que se ve por la ventana del cuadro? ¿Se podían casar los bufones? El cicerone se los quita de encima como puede pero el resultado es prolongar la sesión. Los más avispados desconectan y se desmarcan del grupo. ¡He visto a alguno, sombrero calado y solapas subidas en la sala de al lado con una audioguía! Lo que les espera después, si por ejemplo están en la incomparable Venecia, es una procesión de góndolas en una de las cuales un tenor de medio pelo no deja de interpretar O sole mio y otros aires de verbena a la italiana mientras nuestros compatriotas comen pipas y tiran las cáscaras al canal: el encanto se desvanece.
Cuando el grupo es llevado del ramal a las ruinas de un templo griego, foro romano o excavaciones prehistóricas, el desánimo cunde por doquier tras un vistazo general. Si nos llegan a advertir que los monumentos estaban en ruinas no hubiéramos venido, protesta un cincuentón avinagrado; una idea que no me parece descabellada es colocar maquetas a escala de cómo eran exactamente (policromía y figuritas incluidas, con las respectivas explicaciones breves y dos veces buenas de lo que tenemos delante). Desde los más leídos hasta los más campechanos se beneficiarían del invento. ¡No se han fijado! Al cabo de un cuarto de hora la mayoría, rompiendo la disciplina de grupo, está hacinada en una sala oscura donde se proyecta a uña de caballo una historia insustancial del lugar. El medio es el mensaje. Los jovenzanos encienden porros sin parar. Otros matan el tedio con un safari fotográfico. Lo que importa no es el bello rincón de una callejuela sino la imagen que se enviará por WhatsApp a familiares y amigos; o servirán para conocer por primera vez los rincones que recorrieron. Muchos viajes al extranjero tienen un componente narcisista: estuve en París, cuenta orgullosos en la oficina, sin entrar en más detalles a no ser un aluvión de imágenes de la galería del móvil que a nadie le interesan. El Louvre en la nube de Google.
En la Galería Uffizzi oí al marido de un grupo de franceses refunfuñar alto y claro: j’en ai tout à fait marre! Que en versión libre podría traducirse por ya estoy hasta los c… de este rollo, mirando a su mujer como si ella tuviera la culpa. ¡Iban por la segunda sala dedicada al Duecento y Giotto! Los franceses, en el catálogo de tópicos y estereotipos que los europeos se aplican mutuamente, son como el camembert, un queso que viaja mal. Esto no es ningún obstáculo para que tengan un amplio repertorio de viajes à la mode: turismo sostenible, de intercambio, ético, responsable, solidario, verde, de escapada, etc. Tiempo habrá de armarla.
Otro aliciente de los viajes organizados es conocer gente nueva, relacionarte, ligar. Un bien, no lo dudo, en sí mismo, sobre todo si no tienes compromisos sentimentales y acabas llevándote al huerto al o a la maciza del grupo. Rara vez pasa. Lo que ocurre más bien es que siempre te tropiezas con una pareja de seres sociables por naturaleza (buena gente en cualquier caso) que se te pega por etapas con un interés cada vez más íntimo (e intimidante) que por desgracia no es correspondido. En todas partes coinciden contigo como por ensalmo. Cuanto más insisten menos ganas tienes de contarles tu vida y viceversa. En resumen, una encerrona psicosocial que o bien cortas por lo sano (para ambos lados) o se convierte en un juego del escondite de lo más desagradable. A cierta edad nadie tiene ganas de hacer amigos.
Ir de tiendas suele ser la guerra. Por eso los guías del grupo les indican los barrios de compras más concurridos o los grandes almacenes donde pueden invertir en caprichos y regalos… y después se abren discretamente. A tal hora en tal sitio y que disfruten. El marido se compra como mucho algún souvenir hortera en menos de cinco minutos: un casco de centurión romano, una camiseta del equipo local de fútbol, un bailarín que se mueve al son de la música y que solo funciona en la tienda. Pero su mujer no tiene tanta prisa. Se detiene durante siglos en cada tienda y se embelesa con los detalles más nimios de cualquier mojiganga. Antes de comprar, si es que se decide, compara precios y distingos en las tiendas de tres manzanas. Al cabo de un rato el marido ni entra. (¡No se han percatado de que cuantos más años tienen las parejas más discuten!) El incauto, hechas sus compras relámpago, acompaña a su parienta al principio con ánimo epicúreo, luego estoico, después escéptico y finalmente cínico. Acaba largándose por su cuenta para darse a la bebida hasta la hora de la cita. Después comienza otro calvario de reproches por la fuga. ¿Por qué no hacer cada uno lo que le dé la gana desde el principio? A fin de cuentas ir en grupo lo facilita: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas.
Por último las comidas típicas y los espectáculos guiris de los viajes organizados me recuerdan a Mixomatos el guía y su telaraña de primos en la aventura de Asterix y los juegos olímpicos: el cambista de moneda Calvados, la posada en Atenas de su primo Plexigas, también el conductor de carros Scarfas (hasta los caballos del tiro son primos), el restaurante de su primo Recarabos y para la fiesta de la última noche en Atenas, el mesón de otro de los primos de Mixomatos cuyo nombre no se menciona. Obelix pregunta a Asterix con sana ignorancia si la Acrópolis es también una de sus primas.

viernes, 10 de febrero de 2017

Posverdad


El término à la mode de “posverdad” tiene un significado estrictamente político; para empezar, lo podemos entender con un ejemplo literario. Las novelas policíacas, por ejemplo los casos de Sherlock Holmes, al revés de lo que ocurre en política, comienzan por la posverdad (o sea, la falsedad) y acaban en la verdad de los hechos comprobados. Primero las opiniones infundadas de la prensa: "Según parece, el asesino tomó el último tren nocturno en la estación de Paddington hacia las tierras altas de Escocia y ahí se pierde la pista". O las teorías del cierre en falso de Scotland Yard, en las que el obtuso Lestrade, sin enterarse de nada, pretende dar lecciones a un aficionado como Holmes; o las conjeturas simplistas de Watson que apenas rascan la superficie de los hechos. Todo es gratuito y accidental. Finalmente Holmes, recoge los datos relevantes, descarta las hipótesis inútiles, reúne las piezas del puzzle y descubre la verdad completa. O sea, resuelve el caso. La opinión pública conoce lo que pasó, Lestrade "agradece la ayuda prestada" y Watson relata el caso a su manera como cronista de su compañero de fatigas.
En la política actual ocurre exactamente lo contrario: la opinión pública, es decir, aquellos millones de individuos que legitiman con su voto el poder público en una democracia neoliberal (que no es otro que el económico), son llevados del ramal hasta las urnas por la desinformación con efectos retroactivos, la desmemoria crónica de los dirigentes, la negación de la evidencia y el principio de contradicción en casos muy graves de corrupción. También son factores que favorecen la posverdad los laberintos ideológicos de los tertulianos, las fabulaciones de los ignorantes mediáticos, las cortinas de humo de la noticia caliente que se vende (en el doble sentido del término) y las declaraciones de encefalograma plano de los políticos profesionales. O sea, lo que aparenta ser la verdad es más decisivo que la verdad. Un retorno contundente a la caverna de Platón: lo que cuenta son las sombras tenebrosas que se proyectan sobre la pared y los ecos confusos de las voces que resuenan en la gruta. El descrédito actual de la política proviene directamente de la conspiración sistémica contra la verdad. El Brexit, el triunfo electoral de Trump en las presidenciales y las mayorías relativas del PP en las generales… son ejemplos fehacientes de la eficiencia política de la posverdad.
Son varios los elementos que intervienen en la producción masiva de la posverdad y sirven para crear las condiciones de su eficacia. La psicología de masas es el primero: como en los términos de “posmodernidad” o “posindustrial", el prefijo post se refiere a algo que si bien ha ocurrido, ya está superado; alude a ciertos hechos no negados pero actualmente irrelevantes, inoperantes, desbordados por las nuevas circunstancias nacionales o internacionales. Es algo que la memoria colectiva debe dar por cerrado, olvidado, porque ha sido desplazado por nuevas realidades inmediatas y más urgentes: de ahí que también se hable de verdad posfactual. La sustancia de la posverdad o verdad posfactual es justamente que la verdad ya no importa. Es agua pasada y el cauce está seco. El procedimiento es demoledor: se reinterpretan ad hoc, falazmente, los hechos del pasado para adecuarlos a los intereses del presente. (La memoria individual funciona del mismo modo en numerosas ocasiones).
El irresistible ascenso  de la verdad posfactual se debe en gran medida a los efectos devastadores de la crisis, presentados en la mayoría de los casos como posverdades. También a la ineficacia de las instituciones para buscar soluciones creíbles en vez de márgenes y dividendos. Y al conocimiento popular de quienes son los poderes reales que mueven el mundo (y que han dado el golpe de Estado de la crisis en beneficio propio), algo evidente no ya para la crítica de la razón sino para el sentido común. Todo junto ha propiciado la indiferencia colectiva, cuando no el desprecio, ante la verdad política. Este es el caldo de cultivo de las ideologías prefacistas. El objetivo es el desprestigio de cualquier boceto de democracia participativa. Su primer paso es utilizar de forma torticera los derechos y libertades del Estado de derecho, especialmente la libertad de expresión: demagogia populista, contradicciones flagrantes, desmentidos infumables, desvergüenzas maquilladas. También el aluvión de bulos y contrabulos en las redes sociales, mentiras atrayentes, intrigas inventadas y, sobre todo, las campañas de manipulación de la opinión pública perpetradas al milímetro por los laboratorios de ingeniería social al servicio de la posverdad. Hace tiempo que la tecnocracia bienintencionada se ha convertido en uno de los paradigmas del pensamiento débil. Los viejos tecnócratas se han convertido en perversos tecnólogos de la verdad posfactual.
Llevan razón los que afirman que el nuevo modelo de Estado neoliberal surgido de la crisis, cuyo origen hay que situarlo en el núcleo duro de Wall Street, tiene cada vez más un carácter orwelliano. Es el siguiente paso. Se trata de fijar una posverdad surgida de la nada para cada coyuntura política que se presenta, se extiende y se siente como necesaria. Se cambia la noción misma de “hecho”. Ya no se reconstruyen sino que se construyen. Como en la célebre novela de Orwell el pasado puede ser simplemente eliminado de la historia y sustituido por otro. Los protagonistas de lo que no ocurrió por decreto posfactual no pasan a segundo plano sino que son “vaporizados”. La pantalla que vigila a todas horas, el ojo del Gran Hermano, es una modesta bisabuela de los modernos métodos telemáticos de control de la información. Nunca el liberalismo extremo y el totalitarismo han estado tan cerca. Tampoco es que haya desaparecido el realismo de la vieja política (esta vez tiene sentido la expresión), el principio social de realidad, la verdad pura y dura: pero sólo se aplica con saña a los enemigos, es decir a los que cuestionan el modelo de democracia neoliberal y sus objetivos. El primero ha sido la globalización, es decir la universalización del poder ilimitado del capital financiero en todo el mundo (incluida China y Rusia) y la liquidación del Estado del bienestar en Europa mediante la desregulación bancaria, la externalización de servicios públicos, la deslocalización de las grandes empresas, los paraísos fiscales, etc. El segundo ha sido la implantación del denominado “pensamiento único”, la lógica absoluta del beneficio económico considerada la ley natural de la conducta desde el principio de los tiempos y algo inherente a la naturaleza humana. El tercero, hacer caso omiso del consenso de la comunidad científica sobre los efectos desastrosos para el planeta del cambio climático, propiciado, entre otras causas, por el consumo energético descontrolado y las emisiones contaminantes de la industria en el modo de producción neoliberal. Sobre este último asunto hay posverdades de todos los colores y tamaños para ocultar que una economía sostenible no es compatible con la lógica absoluta del beneficio.
La verdad posfactual de la crisis en nuestro país cuando estalló fue negarla desde el centro izquierda en el poder (¿no hubiera sido más fácil a Zapatero decir que no estaba dispuesto a participar en la farsa y convocar elecciones anticipadas?). O como sostiene la derecha conservadora actual representada por el incombustible Rajoy que la crisis está superada, que cada vez se crea más empleo, que la economía crece a un ritmo galopante; y si los datos puntuales, incluso oficiales, lo niegan, se añade que nadie dude que todo mejorará en breve, que vamos por el único camino correcto y punto final.
Hay un principio de la lógica clásica, adoptado por la política posfactual, que afirma que de lo falso se sigue cualquier cosa. Nadie tiene la menor idea de lo que nos espera ni siquiera a corto plazo. ¿Tiene la política nuevas reglas que Maquiavelo no pudo imaginar? Es evidente que sí.
(Posverdad: según explican los responsables del Diccionario Oxford, el uso de esta palabra mágica, premio semántico del año, aumentó en 2016 un 2.000% con respecto a 2015).

viernes, 27 de enero de 2017

Timos y gatazos en familia


La picaresca es un fenómeno social con patente hispana. También hay timos de cosecha propia: la estampita, el tocomocho, el nazareno, los trileros... Ahora con la globalización se han internacionalizado. Cada vez son más violentos y peligrosos. Pero no voy a extenderme aquí con historias desagradables del ancho mundo, que para eso están la prensa y la televisión, sino a timos, estafas, hurtos y gatazos de los que han sido víctimas mi familia, allegados, conocidos de primera y segunda, próximos. Doy mi particular versión y allá cada cual con su bolsa y conclusiones.
Comienzo por lo acaecido en un pueblo de la provincia de Cuenca donde una tarde brumosa de Febrero se presentaron en casa de don Constancio y doña Guadalupe su costilla, gente mayor, parientes lejanos de mis abuelos paternos, dos individuos de aspecto impecable con coche negro en la puerta y chófer con gorra (se supo después que era mangado y tuneado). Conviene recordar que la implantación definitiva del euro en España comenzó en Enero de 2002 y convivieron tres meses. Sacaron de un portafolio de cuero repujado unos papeles con membretes del Ministerio de Economía que entregaban como justificantes de las pesetas que los palomos les entregaban en metálico o cheque al portador para ser cambiadas por euros en cualquier banco del pueblo a partir de las cuarenta y ocho horas siguientes a este “procedimiento oficial, el único previsto por el gobierno según las disponibilidad de liquidez del Banco de España” y bla, bla, bla. Pringaron una parte importante de sus ahorros; otra la pudieron recuperar porque los ejecutivos de pega fueron detenidos en Tarazona de la Mancha cuando fueron con el mismo cuento a casa de un guardia civil retirado que en vez del talonario les sacó la reglamentaria del cuarenta y cinco y se la puso en las narices mientras llamaba a los vecinos y estos al cuartelillo.
El final es parecido a lo que le ocurrió a mi padre en su casa de Cuenca durante una madrugada de ferias y fiestas de San Julián. Parece que ciertas gentes de mal vivir se dan cita por esas fechas en la ciudad encantada. Vivía sólo, con Dino su perro, un epagneul-breton que dormía en la alfombra del dormitorio (era muy aficionado a la caza) y su escopeta cargada y apoyada en la mesilla de noche; así se sentía más seguro. La puerta de la casa era de papel de fumar y, como casi todos los vecinos, no quiso cambiarla por otra más sólida. Fue el perro a eso de las tres de la madrugada quien se levantó como un resorte y ladró de forma extraña. Mi padre, de sueño ligero, se levantó en el acto con el arma en la mano. Eran dos tipos y se encontraban al principio de un pasillo que terminaba en el dormitorio. Encendió la luz y los encañonó sin contemplaciones. ¡Perdone -balbuceó el que iba delante- creo que nos hemos equivocado de piso! y se dieron media vuelta a toda mecha para nunca más volver.
El siguiente sablazo me lo contó el conserje de mi casa la tarde que volvíamos de vacaciones de Galicia y supe los detalles al día siguiente por la propia implicada, una vecina jubilada que vive sola en la misma escalera. A eso de las once de la noche de un domingo a mitad del mes la llamaron con insistencia por el telefonillo del portal. Una voz desgarradora que se hizo pasar por mi hija (una adolescente de doce años que veraneaba con nosotros) le rogó angustiada si podía subir a su casa. Como es más buena que el pan la dejó entrar. Era una chica joven que le contó entre sollozos una patética historia de violencia de género: su novio la había echado a patadas de su casa donde vivían juntos, que sus padres (o sea, mi mujer y yo) estábamos fuera –lo único cierto que dijo- y que necesitaba dinero para pasar la noche en un hotel, coger el tren, algo de hospitales y no sé cuántas cosas más. Mi vecina sólo tenía cuarenta euros en casa, por lo que la chica le sugirió ir al cajero más cercano y sacar un dinero que luego nosotros le devolveríamos al volver… Le “prestó” seiscientos cuarenta euros, lo máximo que le dio el cajero. A la mañana siguiente, algo amoscada, se lo contó a Alfonso, el conserje, quien lo primero que le preguntó es si conocía a mi hija. No, le contestó. Según se supo, en Chamberí, mi barrio, dieron el pego del pariente en apuros unas cuantas veces en dos días (las noticias vuelan) hasta que se largaron con la música a otra parte.
A mí me tocó la siguiente, una estafa de poca monta y además frustrada. Ese año me tocó la presidencia de la comunidad y a primera hora de la tarde estaba con el administrador y dos operarios en el cuarto de calderas, cuando Alfonso me dijo que alguien preguntaba por mi mujer para subir a mi casa un paquete enorme. Cuando aparecí y oyó lo de presidente noté que torció el gesto a pesar de ser excelentes actores.
- Es un juego de sartenes y paletas que ha encargado su señora (traía una factura con pelos y señales). Aunque no entiendo mucho del género, el precio me pareció desorbitado.
Llamamos a mi mujer por el teléfono interno de consejería y me confirmó sin lugar a dudas que no sabía nada del asunto.
- Mire –le dije- con tono meloso de diplomacia vaticana (lo mejor es evitar conflictos): debe de tratarse de un error de tramitación, póngase en contacto con su proveedor y compruébelo. Pero no: después de reafirmarse sin más en su versión, el sujeto nos amenazó con voz tonante.
- Si no me lo abonan los voy denunciar y los vamos a incluir en la lista de morosos.
Lo mejor es aclararlo, le dije con calma. Si lleva razón le pido disculpas y le pago en el acto (eso pareció animarlo). Los operarios no daban crédito a mi cortesía con aquel bribón. Lo que vamos a hacer, si no tiene mucha prisa, es llamar a la policía y tratamos con ellos el asunto. ¿Le parece bien? Saqué el móvil y marqué el 091 ¿Policía nacional? y eso fue suficiente. Se retiró con su cargamento entre amenazas e insultos. ¡Pronto tendrán noticias del servicio jurídico de mi empresa! No andará muy lejos me dijo uno de los agentes. Vamos a dar unas vueltas por si lo vemos. Días después me enteré por internet que, efectivamente, la caja lleva sartenes y paletas pero de una calidad tan ínfima que las más baratas de los chinos son artesanía del metal. Luego las colocan a veinte veces su precio de coste.   
A mi suegra, una anciana, le tocó el cambiazo del cajero. Hay también dos compinches en el ajo. Cuando introdujo la tarjeta, el primero se fijó en la clave de acceso que había tecleado despacio con manos temblorosas. El dinero salió con normalidad y mi suegra lo cogió del cajetín sin problemas. Entonces una chica, según nos contó, le dijo que se le había caído algo que previamente había puesto en el suelo (cualquier chorrada). El otro, en cuanto mi suegra se dio la vuelta para mirar y decir que no era suyo, cambió su tarjeta por otra del mismo banco ya bloqueada por su anterior propietario también limpiado. Hasta que mi suegra no volvió a usarla no se percató de que no era la suya y entre tanto le volaron más de dos mil quinientos euros, de los que el banco, por supuesto, no se hizo cargo. Con la suya engañaron a otro y así sucesivamente. Moraleja: cuando saques efectivo en un cajero comprueba siempre que la tarjeta que te llevas es la tuya.
Pero el colmo del buen hacer timológico se realizó en el piso de una prima hermana de mi madre en el distinguido barrio de Rosales. Una mañana del viernes se detuvo en segunda fila ante el suntuoso portal de mármoles y cristaleras una furgoneta de una tienda llamada Canapé-lit, livraisons. Bajaron una caja en la que se entreveían embalados los cojines y orejas de color gris perla de un sofá. Es para el cuarto izquierda, y le mostraron a don Venancio, el conserje, un montón de facturas…
- Están fuera de Madrid este fin de semana, anunció Don Venancio.
Vaya faena, dijo con elegante acento francés el que parecía el jefe de los tres empleados vestidos con impecable mono blanco con el logo verde en la espalda e insignia en el pecho. No nos lo habían advertido. Fíjese en la fecha de entrega. Por qué no sube, con nosotros, sugirió amable al conserje, si dispone de las llaves del piso; lo dejamos en el salón y cuando vuelvan el fin de semana que lo coloquen donde mejor les parezca. Así nos evitamos cargarlo otra vez, gastos de desplazamiento y volver no sabemos cuándo… Se lo pensó don Venancio, no vio trampa ni cartón, y los acompañó hasta el piso de doscientos cincuenta metros cuadrados con vistas al templo de Debod. Abrió la puerta y desconectó la alarma. Depositaron el pedido, salieron seguidos del conserje, le dieron efusivamente las gracias y todos tan contentos. Se trata del viejo truco del caballo de Troya. Dentro del sofá gris perla, nada del otro mundo, va escondido otro compinche, seguramente bajito y delgado, provisto de todo tipo de ganzúas e instrumentos dolosos. No hizo falta utilizarlos porque en la entrada había una mini percha de diseño para dejar las llaves y estaban las de la puerta acorazada. Cuando los primos volvieron el domingo por la noche no quedaba en el piso ni con qué encender la chimenea. El pobre don Venancio tuvo que buscarse otro empleo. Se habían llevado hasta la mini percha de diseño.
Desconfíen de todo tipo de inspectores y técnicos del servicio oficial no solicitados, no les permitan entrar en su casa; no abran con el telefonillo al cartero comercial, no atiendan las llamadas de una empalagosa señorita que al final le pide datos personales o claves, tampoco se comprometan con su representante bancario (aunque sea cierto, graban las conversaciones) y corten por lo sano las llamadas gancho de las operadoras de telefonía con ofertas inverosímiles. Díganles que no les interesa porque no tienen teléfono.

domingo, 15 de enero de 2017

Banquetes y bodorrios


Hay un montón de pingües negocios, es decir, no millonarios sino lo que viene después, organizados en torno a la celebración de ciertas fiestas. Por ejemplo, las copiosas comidas navideñas con el alza consiguiente del precio de los alimentos, especialmente los de gama alta. La gente tira la casa por la ventana. Los dispendios del condumio navideño son lo único que iguala por unos días el estatus de la clase media y los ricos. El marisco, el pescado y las carnes nobles se suben por las nubes. Las angulas cotizan en bolsa. El currante mileurista debe conformarse con pelar rodolfos langostinos o tapilla con guarnición de verduras. Es sabido que en muchos de esos banquetes, al margen del estrato social, se arma la marimorena cuando algún cuñado bebe más de la cuenta, se le calienta la boca y larga unas cuantas impertinencias. O el caso de la nuera retorcida que saca los trapos sucios con cálculo sibilino mientras su yerno trincha el pavo antes de trincharla a ella. Afortunadamente hay cada vez más personas que comen o cenan en esas fechas en la intimidad de la familia nuclear, es decir, padres, hijos y cónyuges (estos últimos se reparten) y a casita que llueve. De primero un consomé de verdad y de segundo una jugosa tortilla de patatas. De postre flan casero y una botella de cava para todos. Aun mejor, si te lo puedes permitir, vuela a las islas Canarias o al Caribe. Te saldrá más barato.
Otro ejemplo de despilfarro institucional son los bodorrios. Vendrán a partir de mayo. Normalmente son “por la “iglesia”. En realidad, casarse es siempre un pacto civil al que algunas parejas heterosexuales deciden además darle un sentido religioso más por costumbre que por creencia. Lo primero es elegir una iglesia de postín, aunque no necesariamente. La última boda de alto copete a la que asistí fue en la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid. La boda anterior no se terminaba nunca; según parece todo el mundo tenía muchas cosas que decir a los cónyuges. Como comentaba el desaparecido Pedro Zerolo, concejal del PSOE que celebró más de 300, las bodas civiles se dignifican añadiendo música, lectura de poemas, flores… Me gusta que mis ceremonias sean muy participativas, decía.
Cuando por fin se terminaron los discursos y empezó el nutrido desfile de invitados, mi tía no hacía más que preguntarme cuándo salían los novios. Y, en efecto, eran dos de recia barba que entre arroces y piropos entraron en un flamante Citroën a la antigua que les esperaba a la puerta.
Tornemos. Para empezar, los honorarios de la iglesia son sorprendentemente elevados si decides decorarla con guirnaldas u otros adornos florales; o extender la alfombra roja desde la entrada al altar, iluminar las lámparas de las grandes ocasiones o contratar un coro para que la misa resulte más movida. Si es concelebrada (aunque sean curas amigos) prepara los ahorros del verano. Pompa y circunstancia a tanto el servicio. Más los gastos de representación. Al final, en la sacristía, después de firmar padrinos y esposos, el celebrante alarga una mano de metro y medio. Casarse por la iglesia tiene efectos civiles y eso (que el sacristán lleve los papeles al registro) se paga.
Pero el meollo viene después. Un bodorrio con cena, barra y bailongo sale, en resumidas cuentas, por unos sesenta mil euros, o sea, diez millones de las antiguas pesetas. Si pretendes contratar por menos o regatear, el gerente del establecimiento llama a los de seguridad. En los hoteles y lugares de moda de la capital los precios se disparan un veinte por ciento. Por eso los novios buscan en la periferia sitios especializados en este tipo de eventos donde han proliferado fincas y locales al olor del dinero fácil. En Madrid abundan. Eso sí (un gasto más) hay que contratar un servicio adicional de autobuses para llevar y traer a los invitados porque en una boda se bebe y no se conduce. Muchos de estos sitios tienen incluso alojamiento propio o concertado con hoteles de la zona para los que deciden dormir allí la trompa. A mí me parece una locura gastarse ese dinero en una noche. Eso sin contar la factura mareante del traje de la novia, que como mucho heredará su ahijada veinteañera. No sé si se pueden alquilar, una saludable opción, pero cualquier casadera que se precie rechazará la idea con horror. Un sistema muy utilizado para recuperar los onerosos gastos es que los comensales ingresen metálico en una cuenta bancaria que discretamente te facilitan los novios en lugar de los anticuados regalos (bastantes de baratillo simulado y otros guardados con caja y cinta de bodas propias). Los más tradicionales todavía admiten que les hagas regalos en unos grandes almacenes… que se convierten, previa comisión del establecimiento, en dinero contante y sonante. A veces los padres del novio pagan la parte de sus invitados y los de la novia los suyos. Con todo no se cubre ni la mitad de los gastos. La distribución de las mesas es fundamental. Puedes pasarte la cena hablando del tiempo o de lo mal que va el mundo con tus compañeros de mantel. Y si son parientes conocidos preguntando quien es quien en el bando de la parte contratante de la segunda parte. Por lo demás, es comprensible que servir un menú en condiciones gastronómicas aceptables a más de trescientas personas resulta complicado. Por eso los platos que traen los camareros suelen cumplir sin más y, en la mayor parte de los casos, no justifican el precio de la carta; tampoco el vino, un crianza en oferta sin excesivas pretensiones. En las bodas se come mal, no me vengan con cuentos. No queda más remedio que cocerse sorteando los reproches crecientes de tu señora a medida que se te traba la lengua. Después mucho ruido (imposible hablar) y luces de discoteca. Y barra libre. Es el momento de largarse si no quieres que te saquen en angarillas.
Todo esto para que un tanto por ciento alarmante de parejas, según el instituto nacional de estadística, se separe antes de un año de casados. Es evidente que no me gustan las navidades ni las bodas, pero no tienes porqué estar de acuerdo.

lunes, 2 de enero de 2017

Notas sobre el Holandés errante


Asistí hace unos días en el Teatro Real a la representación de la ópera de Richard Wagner El Holandés errante (1843), la primera de sus grandes obras.
El holandés errante es el capitán de un galeón gobernado por una tripulación de espectros descarnados que recorre los mares desde tiempo inmemorial. Maldito por su destino, ha intentado hacerlo pedazos innumerables veces contra los arrecifes, zozobrar con el velamen desplegado en medio de la tormenta, hundirlo con sus propias manos. Pero los demonios que sellaron su juramento sacrílego lo hacen invulnerable. Aunque se arroje desesperado por la borda en el centro del huracán, las profundidades marinas devuelven una y otra vez su cadáver viviente. Los navegantes lo temen. Cuando los grandes veleros otean en el horizonte su aparejo viran en redondo. Incluso los sanguinarios piratas elevan plegarias al cielo y se alejan a todo trapo cuando divisan su siniestra figura. Sólo el amor puro y fiel de una mujer podrá liberarlo de la maldición. Cada siete años le está permitido tomar tierra e intentar hallar a la esposa improbable que le dará la paz... Al inicio de la ópera, la llegada del buque fantasma a la costa es un anuncio sobrecogedor de su condición:  
De repente centellean unas luces fantasmales sobre el mar, sopla un viento helado que parece surgir de los confines del mundo. Y sobre las aguas corre, casi se podría decir que vuela, un imponente buque con mástiles negros y velas rojas. El buque se dirige hacia la ensenada y echa el ancla cerca del velero de Daland. Por una escala desciende un solo hombre con un extraño atavío. Con la cabeza baja, mirada sombría y pasos lentos asciende por la costa.
Toda la ópera gira en torno al mar, el motivo central que confiere sentido a los hechos insólitos que acontecen en escena. Se trata del mar del romanticismo, abismo insondable, superficie desconocida, naturaleza hostil, lugar de las grandes tempestades, como representa el cuadro de Turner Tormenta de nieve en alta mar.
El mar romántico es una metáfora literaria del misterio de las profundidades, los naufragios trágicos a la luz de la luna y las historias narradas en las noches de invierno por un viejo marino al amor de la lumbre, como la leyenda original del buque fantasma, el excelente relato de terror titulado El mensaje de Vanderbecqen a su hogar (1821): trata del encuentro en alta mar de un mercante cuya tripulación se encuentra con un barco oscuro y misterioso cuyos marineros, consumidos por una extraña melancolía, les entregan unas cartas pidiéndoles que las envíen al llegar a tierra, y, que resultan estar todas dirigidas a personas que murieron tiempo atrás. Así descubren que se han encontrado con una tripulación de fantasmas.
La imaginación romántica pobló el mar de monstruos y criaturas antinaturales. En la Historia de la fealdad de Umberto Eco se pueden ver los dibujos y grabados de algunas. Moby Dick (que da título a la novela de Herman Melville escrita en 1851), el gran cachalote blanco encarnación del mal al que el capitán Achab persigue obsesivamente a bordo del Pequod, es la culminación de esta fantasía.
Nemo, capitán del Nautilus de Verne, juró vengarse de los asesinos de su pueblo y su familia. El capitán Achab del Pequod juró vengar a todos los balleneros víctimas del cachalote blanco, incluido él mismo que perdió una pierna en un encuentro. La leyenda del juramento impío del holandés errante tiene diversas fuentes, pero Wagner se basó en la obra menor de Heinrich Heine titulada De las memorias del señor de Schnadbelewopski (1834) cuyo capítulo VII contiene la historia.
Ese fantasma de madera, ese lúgubre barco, toma su nombre de su capitán, un holandés que un día juró por todos los demonios que, a pesar de la fuerte tormenta que soplaba, doblaría un cabo cuyo nombre no puedo recordar ahora, aunque tuviera que navegar hasta el Día del Juicio. El diablo le tomó la palabra, y tendrá que vagar por el mar hasta el Día del Juicio a no ser que sea rescatado por la fidelidad de una mujer.
El mar romántico inspira la mirada interior como un espejo de lo que Bachelard denominó «inmensidad íntima». En ella la naturaleza urge y aviva los secretos del poeta y los límites de lo que puede ser dicho. Se convierte en el lugar privilegiado que le permite sumergirse en las profundidades de la imaginación como un espectador divino (o demoníaco) de sí mismo; es lo contrario del mare nostrum del Imperio romano o de los mercaderes venecianos, pura exterioridad material, dedicado al transporte de tropas o al tráfico de mercancías. Tampoco tiene nada que ver con el océano dominado por la máquina de vapor y la electricidad. Las nuevas técnicas de navegación acabaron con el mar como el más elevado concepto de lo sublime. La estética romántica fue sustituida por la ciencia moderna. El sofisticado Nautilus de Julio Verne es la antítesis del buque fantasma por más que ambos estén condenados a navegar eternamente y su redención final sea la misma.
Como subraya Àlex Ollé, uno de los seis directores de escena de la Fura dels Baus, autores de la dirección escénica de la ópera, también representa el sentimiento romántico de lo absoluto:
... Desde el principio me parece importante dejar constancia de lo lejos que el mundo contemporáneo está del sistema de creencias, profundamente románticas, sobre las que Wagner concibió esta pieza. Para Wagner, amor, muerte, eternidad, maldición pureza, pasión, terror eran conceptos que impulsaban la búsqueda del otro lado de la razón. El mismo mar era una metáfora poderosa –escribe Ollé- del último límite impuesto al ser humano. El mar era lo infinito, lo trascendente, una mirada metafísica sobre la muerte. En plena tormenta, cuando el cielo y el mar se funden y confunden en la línea del horizonte con la tierra, se abría la posibilidad de que “lo otro” interfiriera con lo real. Era así como surgía la posibilidad del encuentro entre todos los personajes –reales y fantasmagóricos- de esta ópera.