domingo, 18 de febrero de 2018

Los cinco axiomas del fútbol


Según el diccionario de la Real Academia Española un axioma es una proposición tan clara y evidente que se admite sin demostración. Estos son, como en la geometría de Euclides, los cinco axiomas o principios del fútbol.
Primer axioma: El fútbol no sería nada sin la televisión. Los jugadores se llevan una buena porción de la tarta de fresas con nata pero hay otros invitados. ¿Alguna vez se han parado a pensar cuánta gente vive del fútbol? Tenía razón Cristiano Ronaldo (¿o fue Dani Alves?) quien dijo que si se paga una cantidad estratosférica por un jugador es que lo vale. Es decir, a corto o medio plazo el club recupera la inversión, la centuplica y reparte directamente con los poderes fácticos (derechos de televisión, federaciones nacionales e internacionales, representantes de casi todo) o indirectamente (patrocinadores, marcas deportivas, casas de apuestas, prensa deportiva, programas de radio repletos de publicidad, etc.). Los borreguitos pagando… como yo, que estoy suscrito a Movistar fútbol a precio de oro. La mayoría de los padres estamos dispuestos a dejar en la indigencia a nuestros hijos antes que perdernos la Liga y la Champions.
Segundo axioma: ganar, ganar y volver a ganar. Hay, por tanto, que fichar a los mejores como sea. Cifras de escándalo. Pero para que el fichaje sea rentable con mayúsculas se tienen que dar tres condiciones: que sea tan bueno como dicen; que tenga un efecto multiplicador en cada jugador de la plantilla y, por tanto, en el conjunto; y, finalmente, un entrenador que tenga la virtud y la fortuna de convertir el caos en armonía. Entonces el oro fluye. Un ejemplo entre muchos: si la cosa prospera, la nueva estrella hará que se vendan en las tiendas oficiales del club y franquicias del ancho mundo un millón de camisetas con su nombre y medio millón de media con el de sus compañeros. Aunque hay una excepción al axioma nada desdeñable: la compra de clubes por un multimillonario entre chiflado y emprendedor, astuto negociante cuya especialidad es vender humo. Si pintan bastos (consecuencia inevitable pues era el fin que buscaba), entre embrollos legales, chanchullos fiscales, enredos políticos, sobreprecios de jugadores, compraventa de activos a la baja y comisiones millonarias, acaba por arruinar al club que no gana un partido desde hace seis meses. Tras un montón de promesas incumplidas y falsas soluciones, al culpable del desastre solo le queda volar a su país con los bolsillos llenos tras el reparto de culpas e incompetencias. Y si te he visto no me acuerdo.
Tercer axioma: todo es negocio. Resumen de los anteriores. Los clubes de gama alta, los que ganan títulos, son máquinas de fabricar dinero. Las multinacionales europeas del equipamiento deportivo están metidas hasta el cuello. El mejor equipo de la galaxia, según muchos, está presidido por un empresario de guante blanco y mano de hierro. Los propietarios de su "eterno" rival también son empresarios, alguno de turbia tradición, para que vamos a engañarnos. El otro mejor equipo del universo es el rey de los juzgados: follones fiscales, fichajes opacos, querellas presidenciales...  
Algunas multinacionales no europeas invierten en paquetes de acciones de un club “con proyección” sin llegar, por el momento, a ser mayoritarias en el consejo de administración. A mí no me gusta lo de Wanda delante de Metropolitano. Por cierto, Wanda ha vendido sus acciones a un millonario israelí, aunque antes se ha asegurado de mantener su nombre en el estadio a cambio de vagas promesas. El siguiente paso en el reparto de la tarta es el proyecto del fútbol-Estado. Ya me contarán de donde ha sacado el contante el Paris Saint Germain para pagar fichajes de más de doscientos millones de euros la pieza. Grandeur La France! Las Federaciones miran a otro lado aunque se incumplan sus propias normas de fair play financiero. Por eso eligen a presidentes que les hagan el caldo gordo. Los escándalos de corrupción en la cúpula nacional e internacional son y han sido sonados. Si el dinero existe todo está permitido (diría un Dostoievski agnóstico). O el fútbol chino, o sea el Estado que todo lo sabe y todo lo puede, que tienta tanto a viejas glorias como a jóvenes promesas de las ligas europeas con fichas mareantes. Son fieles a la idea del bueno de Karl de que la única función del capital es la acumulación de capital. Y para eso necesitan ser competitivos. ¡A por ellos! Mi última gran oportunidad dicen unos, mi primera dicen otros. Y se largan. Los chinos actúan con paciencia oriental: poco a poco la gota del lucro horada la piedra. Mientras, la burbuja crece. El fútbol norteamericano sigue el mismo camino aunque no hay Estado.
Cuarto axioma: el fútbol es una guerra. Se pretenden implantar nuevas tecnologías como el Video-arbitraje (VAR) o el Ojo de Halcón en situaciones cruciales como penaltis, goles, tarjetas rojas directas o identidad del autor de una infracción. El mal perece y el bien prevalece. Chorradas y error grave. Bajarán los ingresos. El negocio se resentirá; en mi opinión, las nuevas tecnologías no tienen futuro. El fútbol no tiene nada que ver con los valores edulcorados de justicia y equidad porque es como la vida misma, ya saben: sin moviola, “valores” ni zarandajas. Por eso nos gusta. Me parto de risa con tópicos como merecimos más, el empate hubiera sido más justo o el arbitraje nos perjudicó gravemente. O con la defensa hipócrita de algunos periodistas de códigos éticos en el campo, en la grada y en los aledaños del estadio. ¿A quién le interesa un fútbol sin bronca, errores garrafales del árbitro (al que los jugadores intentan engañar en todo momento por orden del míster), insultos y entradas brutales? ¿Qué va a contar la radio por la noche y por el día la prensa del ramo? Son los propios clubes los que financian bajo cuerda y protegen a los ultras, guardan la parafernalia en los sótanos y cuando se produce alguna puñalada, los directivos se mesan los cabellos, se rasgan las corbatas de doscientos pavos, claman al cielo y toman medidas que duran quince días. Expulsan al culpable que va a la cárcel y tal día hará un año.
Quinto axioma: siempre merece ganar el que gana. Un equipo puede tener el noventa y nueve por ciento de posesión del balón, tirar veinte veces al poste y chocar con el acierto del portero rival y los errores del árbitro, además de recibir un solo gol en una jugada aislada y chapucera. Pero el fútbol no consiste en dominar al rival, ni tirar al poste, ni hacer que se luzca el meta contrario, ni sufrir las cantadas arbitrales sino en enchufarla. Lo demás es falsa moral y metafísica barata de la que viven los tertulianos, analistas y teólogos del fútbol. Hay personajes en la boca de todos.

domingo, 4 de febrero de 2018

A favor de las mujeres


¿Alguien puede explicarme por qué los bebés niña tienen que llevar vestidos rosa y los niños azul? Quizás sea por influencia de la copla que cantaba Gracia Montes (¿hay claveles azules?):

¿Será una rosa, será un clavel?
El mes de mayo te lo diré.

Lo cierto es que de pequeñas, las niñas son más precoces que los niños; incluso con menos años les dan sopas con honda, son más cariñosas, menos brutas y más guapas. En cuanto las destetan no se tragan lo del ratoncito Pérez y fingen creer en los Reyes Magos por no aguarle la fiesta a su hermanito de diez años. Recuerdo que mis abuelos nos llevaban a la entrada de Galerías Preciados a llevarles la carta a sus majestades de Oriente. Una hora de cola a la intemperie. El rey que te tocaba te sentaba en sus rodillas y te preguntaba si habías sido bueno, si estudiabas, si eras limpio (el rapaz que estaba a mi lado escondió veloz las manos pringosas y mugrientas) y ordenado, etc. Asentimiento total y aburrimiento profundo. Un minuto por niño con beso barbudo y lanoso. Le dabas la carta a un paje vestido con un traje vagamente parecido al de Papá Noel y cara famélica que la depositaba con infinito mimo en un rebosante saco navideño. Probablemente el contenido del saco terminara en la caldera de la calefacción de Galerías Preciados, pero si hubiéramos tenido la impagable ocasión de leer las cartas podríamos haber confirmado las diferencias de papeles que la familia, la escuela, la iglesia, ¡los amigos! asignaban a unos y otras. Sin duda, la lista de los juguetes reproducía la lógica de la dominación que desde tiempo inmemorial ejerce la sociedad patriarcal sobre la mujer. 
¿Qué os han dicho los Reyes, preguntaron mis abuelos? Yo estaba mudo de emoción. No me salían las palabras del cuello de la camisa. Mi hermana, dos años menor, opinó al instante: al mío le olía el aliento a vinazo igual que al tío Joaquín… Mis abuelos se miraron de reojo con aprensión. A partir de cierta edad crítica, los niños van encantados (nunca mejor dicho) a la cabalgata, las niñas sólo si algún familiar influyente ha conseguido que vayan en una carroza disfrazadas de hadas tirando caramelos y confetis. En realidad, los hombres no maduran nunca.
He sido profesor de Enseñanza Media y puedo afirmar que entre los alumnos siempre florece algún cerebrito. Pero en términos generales las alumnas estudian más y se portan mejor; no solo estimulan el aprendizaje de sus compañeros que observan el progreso de las jóvenes, sino que los desbastan, suavizan la horda, hacen que se duchen, que no crezcan los brotes de acoso y den lo mejor de sí mismos; es decir, las alumnas favorecen la educación y la instrucción del grupo (dos cosas distintas), a medio plazo ponen freno al rebuzno nacional. A la selectividad me remito: las notas de corte más altas, por ejemplo, las de Medicina, las sacan por abrumadora mayoría las chicas.
Hace poco un equipo de sociólogos realizó el siguiente experimento: ante un grupo de niñas que habían finalizado la Enseñanza General Básica desfilaron y se presentaron profesionalmente una médico, una arquitecto, una ingeniera, una catedrática de universidad y una directora de banco que se prestaron a colaborar en la performance. En el video que grabó el equipo, lo primero que llama la atención son las caras de asombro e incredulidad de las niñas. Una de ellas dice: ¡van disfrazadas! Desolador.
En la Enseñanza Media he comprobado que las parejas que se forman en la misma clase son asimétricas y lo normal es que fracasen. Pueden ocurrir dos cosas: que el chico comprenda que el plan desborda sus posibilidades e inicie una prudente retirada (que me quiten lo bailao) y se centre en los estudios o bien que siga adelante colado hasta los tuétanos y sea la chica la que rompa la baraja (fue bueno mientras duró y a partir de ahora amiguitos del alma) con el consiguiente drama emocional del joven y el bajón en su rendimiento académico. En general, chicos y chicas se sientan en el aula por separado. De esta falta de competencia evolutiva por las hembras, a las que no les interesan sus iguales por más mamporros y empujones que se den en los pasillos, pretendían sacar partido los repetidores y tripitidores. A lo largo de mis años de profesor he vivido algunas situaciones “conflictivas” relacionadas con estos vagonetas oportunistas. Pongo tres. La primera la protagonizó un tripi de cursos anteriores al que ir con el atleti no le libró de un sonoro suspenso. Un día se levantó de la silla al grito de “profe, voy al servicio a desbeber”. Seguramente iba algo cocido y se le fue la pinza. Al volver, se dirigió a la chica que se sentaba aquel día con él: lo que acabo de tener en mis manos te va a hacer feliz e intentó tocarle la cara. El grito me salió más brutal de lo que soy: ¡Ni se te ocurra Rodri, para, sal de clase y luego hablamos del asunto! La chica retrocedió despavorida. Rodri se dio cuenta de la metedura de pata y se largó. Era una broma, baló. Antes de acabar la clase entró avergonzado a pedir disculpas a la chica, a sus colegas y a mí. Se pasó del escuchar atento a las risotadas masculinas. El silencio colectivo le libró de una buena. La segunda fue hace muchos años: de los servicios del final del pasillo salieron los gritos angustiados de una chica. Cuando salí de clase ya había subido el conserje, un guardia civil retirado que los retuvo. Además yo los conocía. Según parece, tras la “comisión” de disciplina y otras zarandajas, tres repetidores intentaron sin éxito, salvo quitarle los vaqueros, propasarse con una mozuela de su clase. Acabó con la expulsión de la manada. El jefe de estudios me dijo que, en su opinión, la chica (aunque lo negó) se puso a tontear con ellos que en el acto pasaron de ser personas a penes desbocados. El tercer caso me ocurrió en una clase de ética en Segundo de la ESO (edad difícil esa). Es una variante del cipote de Archidona contado por Cela. Estaba explicando, me acuerdo, la diferencia entre separación, divorcio y nulidad matrimonial cuando oír aullar en la penúltima fila al repetidor alfa de la clase. Había convencido a la mano inocente de una novieta novata para que lo masturbara. Cuando llegué, la chica del pupitre de atrás los estaba poniendo de guarros hasta las cejas. La de adelante la armó porque la novieta se había limpiado las manos en su jersey… Puse el caso en manos del profesor de guardia más que nada porque pasar del tema (que es lo que me pedía el cuerpo) podía volverse contra mí, vía padres; aunque bien mirado tampoco tenían demasiados motivos para personarse en la causa. Como así fue.
¿Nadie ve la relación entre estos experimentos y episodios ocurridos en los centros de enseñanza y el acoso sexual a las mujeres, su conversión en oscuros objetos del deseo, la prostitución organizada, la discriminación laboral y la violencia machista?

SIEMPRE A FAVOR DE LAS MUJERES

domingo, 14 de enero de 2018

Vida y filosofía


Primum vivere, deinde philosophari (Primero vivir, luego filosofar).
Esta es mi versión del antiguo precepto: Nada tienen que ver la vida y la filosofía. Son ámbitos independientes. La primera se basa en el carácter personal y los usos sociales y su virtud es la prudencia, pues la felicidad es imposible. La segunda se funda en la imaginación creadora y su virtud es el ingenio, pues la sabiduría es inalcanzable. El llamado “mundo de la vida” es un invento de la filosofía y nada tiene que ver con la vida. Puedes usar en cierto modo la filosofía a favor (o en contra) de la vida cuando vas por la vida (esto es lo que quería decir Gramsci con la frase “todo el mundo es un filósofo”) y viceversa; pero poco más. La pregunta clave es, por supuesto, qué pasa si en vez de mantenerlas "a raya", separarlas, las mezclas y las agitas…
Vida y filosofía son autosuficientes (en el sentido de las sustancias cartesianas). Para mí, la vida se rige por el principio de simplicidad, incluido el “no lo sé” como sistema. La filosofía, una construcción literaria, se rige por el principio de complejidad, incluido el “es posible conocer la cosa en sí”. En filosofía sobra la navaja de Ockham, mientras que en la vida sobran las síntesis últimas de la razón.

- ¿Es usted feliz?
- Todavía no he caído tan bajo.
Baudelaire. 

viernes, 5 de enero de 2018

Aforismos políticos


Un tertuliano radiofónico pontificaba por la mañana con una fe democrática sin fisuras: El pueblo es siempre sabio. En primer lugar sabios o necios solo son los individuos. El resto de la frase es el dogma roussoniano de Yo Común resultado del contrato social en versión libre para la radio. Además podemos poner innumerables ejemplos de cómo la voluntad popular, es decir, la suma de los votos particulares expresada como mayoría en las urnas, es una insensatez, un despropósito o un episodio más de la historia universal de la infamia.

Prefiero la democracia representativa porque me permite bajar al quiosco de la esquina y comprar el periódico que quiero. Es mil veces mejor el coro de grillos que cantan a la luna que la bota del soldado desconocido. Todo lo demás de la democracia representativa o lo pongo entre paréntesis o me lo creo a medias o no me lo creo. Es lúcida la definición que hizo Marx, un pensador perspicaz, del voto democrático: “Un comentario sentimental y extenuante a los logros de la etapa anterior de poder”.

Pero no despotriquemos de la democracia más allá de ciertos límites. Hay países donde no gobierna siquiera una familia, sino una parte de esa familia porque la otra ha sido defenestrada.

La libertad de pensamiento y de expresión sin límites ni restricciones filisteas son los dos principios constituyentes de una democracia participativa. Todos los demás derechos y libertades fundamentales se siguen de ellos y son su desarrollo consecuente. Por eso son siempre los primeros que los regímenes oligárquicos, autoritarios, autocráticos, teocráticos o totalitarios cercenan brutalmente.

¿Qué es una democracia participativa como etapa superior de la democracia representativa? No lo sabemos. Sólo podemos aspirar a descubrirla y construirla.

Sobre los regímenes totalitarios: A cierto nivel de opresión poco importa la forma que toma la verdad, pues finalmente cuanto mayor es la mentira más muestra el régimen al extensión de su poder. (Guy Delisle). Por cierto, el mismo Marx es uno de los padres fundadores de tales regímenes.

La democracia de la posverdad, las fakes news, la corrupción, el drama de la emigración, el paro, los salarios minimalistas, los contratos leoninos, la crisis (en realidad un golpe de estado global del capitalismo financiero). Lo único evidente es que estamos ante una involución de la democracia representativa.

Excelente definición de política. A la salida de una sesión del Consejo de Ministros, los periodistas le reprocharon al Conde de Romanones (1863-1950), Grande de España, que hubiera aprobado una ley que veinticuatro horas antes había rechazado con la frase indignada de “nunca jamás”. Imperturbable, el Conde les adoctrinó: “tengan ustedes en cuenta que cuando digo nunca jamás, me refiero siempre al momento presente”.

“La gente está harta de los políticos”, dicen las encuestas, pero, después de todo, los políticos sólo son el reflejo de la sociedad civil.

Gente decente: aquella que es capaz de poner límites éticos (no jurídicos) a la capacidad ilimitada de desear.

En una tribu perdida de África o de las orillas del Amazonas las normas culturales que debe interiorizar el nativo son pocas y claras. En nuestra sociedad son muchas y difusas. Ni siquiera hay un núcleo cultural definido: los usos varían con la clase social, la moral dominante está plagada de reglas y excepciones, subculturas y contraculturas nos abruman, las tendencias, las cosmovisiones, las religiones, las ideologías políticas inundan el mercado de las ideas. Por si fuera poco, la globalización aumenta el relativismo y el desconcierto: finalmente en la edad del alto capitalismo se ha cumplido la leyenda de la torre de Babel. Cuantas más puertas y ventanas se abren al mundo, mayor es nuestro grado de incomunicación. Cuanto más se multiplican las relaciones sociales, más solos estamos. La sociedad ya no es un entramado interactivo sino una monadología.

Prefiero leer a Platón, Maquiavelo, Hobbes, Locke o Rousseau que interesarme seriamente por la política factual. Infinita distancia entre política y filosofía política.

Por cierto, para entender el problema y la solución a la independencia de Cataluña es preciso releer El laberinto español de Gerald Brenan.

El único problema político que le preocupaba seriamente a Luis XIV, el rey absoluto por excelencia, era el control de la información: disponía de una policía secreta implacable, una red de espías que abarcaba el territorio, un número de asesores y consejeros desmedido, confidentes, delatores, soplones, chivatos… Aun así reprochaba a sus ministros que no se enteraba de nada importante. Los hechos se ocultan, se falsean, se pierden. Decía un místico del Renacimiento que no debemos aferrarnos a lo que no entendemos. Un ejemplo sería la administración de la información por el Poder (un tema político crucial). Si hacemos caso al místico (y a las quejas hipócritas de Luis XIV) deberíamos huir de cualquier preocupación relacionada con la política, la economía, el cambio climático, la energía nuclear, los sucesos o el deporte. Cuando discutimos acaloradamente sobre estos temas, el Ángel de la Sabiduría, desde las altura, se ríe o llora por nosotros alternativamente. 

Recuerda: sólo los hechos. Esta máxima es válida para la brigada de homicidios pero no para la política. A la hora de explicar ciertos acontecimientos políticos hay finalmente dos teorías: la teoría empirista y la teoría de la conspiración. Prefiero la segunda porque es más divertida, sugerente y además puede tener finales alternativos.

Muchos tertulianos, analistas y politólogos son necios. “Lo que está ocurriendo", dicen desde su pesebre ideológico. No conocen lo que pasa dentro de sus cabezas y pretenden convencernos de que saben lo que pasa fuera.

La independencia política (el principal valor en el tema que nos ocupa) sirve: para pensar con tu propia cabeza, para saber si estás pensando con la cabeza de otro, para evitar pensar a fin de ser aceptado por otro o para evitar pensar a fin de ser recompensado por otro.

Los peores enemigos de los políticos corruptos y mendaces no son los educadores ni la prensa, sino los miembros de su propio partido. La finalidad de la política profesional es el arribismo. Aunque no lo dijo así Maquiavelo, debería haberlo dicho: El Príncipe no debe tener amigos porque cuando dejan de serlo por ambición, traición o animadversión, largan. Un buen gobernante debe renunciar a la amistad si no quiere quedarse con sus vergüenzas al aire.

Sobre la separación entre vida privada y pública. De acuerdo, pero con un matiz: quien no es honesto (es decir ni fiel ni leal ni sincero) en su vida privada tampoco lo suele ser en la pública. Lo mismo que en la naturaleza, en la sociedad no hay saltos.

La demagogia: degeneración de la democracia y estado actual (¿natural?) de la política en España. Definición de demagogo: el político que larga rollos ideológicos que sabe que son mentira a una gente que sabe que es idiota.

 “Democracia representativa" significa por definición lo contrario. Representante electo: alguien que decide por ti, tiene patente de corso para sus manejos y al que no puedes pedir explicaciones. El fantasma de la libertad.

El único voto sabio es ni sí ni no sino todo lo contrario. Y el que quiera aferrarse a una alternativa no se entera de nada. Y lo mismo ocurre con el resto de los problemas que nos envuelven. Sé curioso, vive perplejo, admite tu desamparo y ríe. Ironía o iglesia. Canta un espíritu libre: “Tu no saber es toda tu esperanza”.

¿El europeísmo? Otro fraude liberal. Digo lo mismo que mi amigo Ramón: “No me creo nada de nadie”. Ni siquiera de Mill, Ortega o Vargas Llosa, las tablas de salvación en estos casos. Regla triste pero necesaria. La única de la que puede surgir algo no contaminado ni enfermo. Cuando oigo a ciertos políticos madrileños decir que son liberales, siempre me ocurre lo mismo: lo malo que tienen los liberales es que al final no son nada liberales

Sabiduría popular. Comentario de un taxista, un hombre canoso y con arrugas que vive en Alcorcón: “El problema no es la política. Hoy día no encontrarás ni con lupa entre los políticos a las personas realmente inteligentes, a las valiosas, a las capaces de pensar por todos”.

Desde Maquiavelo sabemos que la política dispone de reglas propias que no tienen que ver con la ética. De acuerdo, aceptamos “pulpo” como animal de compañía; pero que tampoco tenga que ver con la lógica es algo que ni siquiera imaginó el pensador florentino. Lo cierto es que hay innumerables ejemplos de la no validez política de los principios de identidad, contradicción y tercero excluido.

La economía no es una ciencia como la física. La ley oferta-demanda no es la ley de gravitación universal de las relaciones sociales como trata de convencernos “a cualquier precio” el neoliberalismo global (el español es un mero apéndice). La economía es siempre economía política... de ahí que los economistas no sean científicos sino aprendices de brujo (por mucha jerga que derrochen) incapaces de predecir lo que va a ocurrir mañana, aunque puedan explicarnos sin vacilar por qué nos han limpiado hoy la cartera. En mi lista de personas non gratas van los primeros, detrás ciertos políticos y en tercer lugar bastantes tertulianos.

Buda: El amor al silencio es el único camino que despierta la conciencia.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Menudeos en la red


Recuerdo la viñeta de humor de una revista: en la añeja taberna de un pueblo -mesas y barra reventonas de paisanos sanotes- se lee detrás del mostrador entre copas limpias, tapas, jamones y botellas, un cartel bien visible que anuncia: Aquí no tenemos wifi, hablen entre ustedes. Esta gente afortunada estaría a salvo de las jerigonzas que nos rodean: Post, Retweet, Hashtag, Trending topic, Block, Microblogging, Target, Streaming, Memes, Crowdfunding, Timeline, Crash.... Sin contar con las indescifrables abreviaturas y emoticonos de algunos programas. Si quieren saber más investiguen por su cuenta.
Este podría ser el comienzo del tipo de interacción que se da en Telépolis, la ciudad digital, o sea, en cualquier rincón del mundo menos en el pueblo del chiste. Me refiero, por supuesto, a los programas de mensajería instantánea, como WhatsApp o a las archiconocidas redes sociales, Facebook, Twitter o Instagram. Voy a dejar de lado los aspectos “normales” de estas aplicaciones y sitios, por ejemplo, enviar por WhatsApp un mensaje a tus amigos para informarles de que te vas a retrasar diez minutos, o poner un “me gusta” en Facebook al video de una polka interpretada por la Filarmónica de Viena en el Concierto de Año Nuevo. Lo útil es útil por más emplastos verdes que le tiremos a la cara. También lo evidente. Tampoco me voy a referir a los aspectos más siniestros de la red, como el acoso sexual, sobre todo a menores o adolescentes, el tráfico de material pornográfico delictivo, especialmente la criminal pederastia, los timos a los incautos, sobre todo a los más débiles, que alquilan en vacaciones a precios de saldo apartamentos  que no existen o son cuadras, o compran nada en tiendas de lance que apestan a gatazo. O los insultos groseros que abundan en ciertos ambientes políticos o deportivos: los primeros machistas y xenófobos, seguidos de disculpas hipócritas; los segundos con citas en tal sitio para liarse a cuchilladas. Tampoco nos olvidamos de que las redes son el lugar natural para los bulos tóxicos, fakes news envenenadas, anuncios cargantes y vídeos infumables. También resulta especialmente funesta la venta de medicinas ilegales, pastillas letales o drogas adulteradas. No interesa. Aunque todo esto junto no es lo peor (y no amuermo más): fuera de nuestras cabezas queda el espionaje global, el Gran Hermano de Orwell en versión superlativa, y la guerra cibernética en sus inagotables versiones...   
Una anécdota personal: los motores de rastreo de los más eficientes buscadores a veces meten la pata hasta el corvejón. Hace un par de años intenté crear un álbum en mi nube de Google con imágenes bajadas de internet de una de mis pintoras favoritas: Tamara de Lempicka. Y lo hice. Como es sabido, muchos de sus cuadros son desnudos femeninos. Antes de una semana recibí un correo conminatorio de Google afirmando que había utilizado indebidamente imágenes eróticas y que debía eliminar el álbum. Si no lo hacía o se repetía la infracción cerrarían mi cuenta. Como en este mundo llevar razón sirve para poco, borré el álbum de la nube y todos tan amigos. En otras nubes no me han puesto pegas. Moraleja: en internet hay censura de contenidos, pero abren o cierran la muralla como les da la gana.
A mí me parece que una de las razones del éxito de los programas de mensajería y de las redes sociales es el efecto de dispersión en las cadenas de comentarios. En la recepción de un mensaje se producen ruidos o interferencias y su sentido inicial cambia, se confunde o se pierde. Decía Woody Allen que la única persona que puede comprender lo que dices es tu psicoanalista después de diez años de diván, suponiendo que te tome en serio. Imagínense en Telépolis: uno dice, el otro dice que dice, el tercero interpreta a su manera a los anteriores, el cuarto cuenta su vida, el quinto hace un resumen de todo y así sucesivamente… No se trata de la majadera “tormenta de ideas” de los psicólogos, sino de una reacción en cadena donde puede pasar cualquier cosa. Si alguien escribe, por ejemplo, “hace demasiado calor en la playa y al final me voy a quemar la espalda”, el quinto comunicante puede sostener algo como esto: “No soporto a los tíos que duermen con calcetines y una bolsa de agua caliente en el culo. Necesitan esa mierda para calentarse y aun así no funcionan”. Los "me gusta" se reparten generosamente. ¿Pero "me gusta" qué? 
Ahí va otra viñeta de prensa que tiene su miga: en la mesa de un banquete en una boda de alfombra y lámpara de araña, la camarera de guante blanco que está colocando el cristal de Murano, la vajilla inglesa y la cubertería de plata, le pregunta a la jefa de protocolo con la mayor naturalidad: Discúlpeme soy nueva. Recuérdeme, por favor, en qué lado va el móvil, a la derecha o a la izquierda. A mí me resulta más divertido que absurdo (que también) sentarme en un restaurante al lado de cuatro jóvenes que se pasan la comida dale que te pego al teclado. La melodía salvaje, que diría Nat King Cole les (nos) acompaña hasta los postres. Una sobrina mía quinceañera me dijo que se pasan mensajes entre ellos, insisto en la misma mesa, mientras se zampan las hamburguesas con kétchup y patatas congeladas. Siempre a favor de la libertad de expresión. Les hubiera invitado al postre por saber qué decían los mensajes de menos de un metro. Se lo pregunté a mi sobrina y me contó que la mayoría son chismes y pullas a cuatro bandas sobre los otros (que obviamente no pueden leerlas). Por ejemplo, Sandro a Cristina: Sonia se cree que tiene unas piernas diez. A mí me parecen que son un mírame la muslada. Julia a Moncho: Iván se cree un macho alfa irresistible. En realidad es más pesado que matar una vaca besos. Lo contrario de un grupo de amigos. Crecen las risas sibilinas y los que no se enteran chinchan y rabian.  
Si algo detesto son las páginas narcisistas en Facebook. En Twitter son prácticamente todas. No conozco Instagram aunque me temo que es más de lo mismo. En Facebook me hice amigo virtual a petición suya de una vieja gloria de la poesía madrileña. Su primer comentario fue: Rodolfo te añado al grupo de poesía conceptual, seguro que te interesa más que el que dedico a la lírica. Dejé pasar una semana de cortesía (en el fondo soy muy tímido) y me borré de sus listas de admiradores. Me hice amigo de un conocido (y buen) filósofo a petición mía. Sus comentarios en Facebook son sentencias generales a mayor gloria suya y si le preguntas o sugieres algo, o no te contesta (quizás por exceso de seguidores) o te remite al capítulo de una de sus obras donde todo queda claro y distinto. Hasta luego Lucas. Otros se dedican a resumir seriamente lo que deberían escribir en un libro o en un ensayo. Como mínimo en un blog. O los datos: ochenta mil amigos en Facebook, cincuenta mil en Twitter... en la vida real ninguno.     
En cuanto a los wasaps es obvio que cuando te llegan en cascada resultan agobiantes. Hay que reconocer que algunos son desternillantes, como la lista de partidos independentistas que se presentarían a las elecciones del 155. Lo que me fascina es la proliferación de wasaps que surgen como setas en buen año ante cualquier noticia jugosa. Lo de Cataluña ha batido records del mundo. Y no es broma: en otros países también existe el wasapeo pero no en tal cantidad ni cualidad. ¿Quiénes se dedican a este delirante oficio? Hay páginas por temas. Recopilaciones, antologías, selección, etc. Antes de la era digital, cuando no pasábamos de la televisión en color, circulaban los chistes alusivos a casi todo de boca en boca. Muchos se han reciclado en versión digital. Se decía entonces que salían de la imaginación creadora de los oficinistas de los bancos. En realidad es una tradición popular anónima e irresistible que retrata la idiosincrasia de un pueblo mejor que los informes sociológicos más sesudos. Que no decaiga. 

domingo, 17 de diciembre de 2017

Divagaciones sobre las pseudociencias


A pesar de que vivimos en plena era de la tecnociencia como marco aceptado por la comunidad científica, es evidente que desde hace tiempo se está produciendo un retorno a un medievalismo especulativo (incluso a épocas anteriores) que ha puesto en circulación teorías incompatibles con el método experimental. Cito dos pseudociencias que están en la cresta de la ola: El terraplanismo, o afirmación de que la Tierra es plana. Los miembros de la Flat Earth Society (Sociedad de la Tierra Plana), creada en 1956 por el inglés Samuel Shenton, piensan que las fotos desde el espacio exterior son falsas y forman parte de una conspiración mundial para ocultar la verdad. Según ellos, la Tierra es un disco chato centrado en el polo norte y rodeado por un muro gigante de hielo, que sería la Antártida. Así lo confirma la letra de la Biblia y “el testimonio de los sentidos”.
El creacionismo rechaza la teoría evolucionista de Darwin y sus desarrollos posteriores (teoría sintética de la evolución). La American Scientific Affiliation (Afiliación Científica Estadounidense), en realidad una organización religiosa, afirma que Dios creó el mundo y las especies en sucesivas etapas y por separado (fijismo bíblico) según un diseño inteligente y finalista.
Otras muy conocidas son la ufología (ya saben, platillos volantes y extraterrestres, incluso mezclados entre nosotros con fines inconfesables), la criptozoología (o búsqueda de fabulosos animales ocultos: el monstruo del Lago Ness, el Yeti o el unicornio; también horrendos mutantes escapados de laboratorios de experimentación genética), las medicinas alternativas (que defienden terapias distintas, incluso contrarias a la medicina científica, entre otras la homeopatía, la naturopatía, la quiropraxia, la curación energética, la ozonoterapia, la radioestesia, la acupuntura; como mucho son placebos que no deterioran aún más la salud del crédulo paciente), la parapsicología (si no está claro que la psicología sea una ciencia, imagínense la parapsicología que incluye asuntos como la telepatía, la telequinesia, la precognición o la percepción extrasensorial) o la piramidología (hoy en franca decadencia, basada en los delirios sobre los profundos arcanos sin desvelar que esconden las pirámides y que resultan decisivos para la interpretación del hombre, el cosmos y Dios). La lista de pseudociencias podría continuar hasta doblarse, pero basta con estas para hacernos una idea.
¿Por qué la gente cree en cosas raras, se preguntaba el historiador de la ciencia Michael Shermer? ¿Por qué la cuota de audiencia de programas de televisión, como Cuarto milenio de Iker Jiménez, llegan al millón de personas, o es abrumador el número de lectores de la sección del diario La Vanguardia titulada La Contra o interesan tanto programas de radio como La Rosa de los Vientos de Onda Cero o Espacio en blanco de RNE? En resumen, a qué se debe la atención masiva de un público que espera encontrar respuestas en ámbitos que nada tienen que ver con la ciencia ni con los conocimientos objetivos. ¿Cuáles son las sinrazones de este desparrame de fake theories? Ahí va la primera: que nos encanta lo insólito (eso sí, a distancia) y las teorías conspiranoides (son más divertidas, dan más juego para charlar y arreglar el mundo). Nos aburre mortalmente la ciencia de la buena. ¡La imaginación al poder! Estamos cansados de tediosas evidencias que, además, si son científicas no estamos formados para entenderlas aunque nos obligaron a estudiarlas en el cole seguidas de suspensos y profesores particulares en verano; lo desagradable se olvida. Hemos visto demasiadas imágenes de la Tierra desde el espacio exterior. Todo el mundo sabe que nuestros ancestros eran simios africanos… pues bien, pues bueno, pues vale; eso sí, en cuanto oímos hablar de agujeros negros, hiperespacio, universos paralelos o agujeros de gusano, aguzamos el oído. Si usted está en la consulta del dentista, ¿qué revista coge de la mesa, una de divulgación científica sobre genética molecular o una que anuncia en su portada “las pruebas contrastadas” de cuatro avistamientos de naves extraterrestres en el desierto de Sonora? Una de nuestras series cinematográficas favoritas es Star Wars: ¿Sabe cuántos términos no científicos o inconsistentes aparecen a lo largo de la saga? Busca en Google: Errores científicos en Star Wars.
Según datos fiables del gremio europeo de libreros la sección que contiene regularmente más ejemplares (y por tanto, la preferida del público, valga la redundancia) es la de ocultismo, magia, esoterismo y “ciencias paranormales”. Esto incluye las innumerables revistas del género repletas de todo tipo de profecías, milenarismos, prodigios y signos. Nos mola la astrología, el tarot, el horóscopo, la güija, las runas. Servicios telefónicos a mil pavos el minuto. Existen otros mundos pero están en este, como afirmaba el mistagogo Fulcanelli. Sus dos obras cumbres de la alquimia figuran entre las más famosas y leídas: El misterio de las catedrales y la interpretación esotérica de los símbolos herméticos (publicada en 1929) y Las moradas filosofales y el simbolismo hermético en sus relaciones con el arte sagrado y el esoterismo de la gran obra (1930).
Recuerdo una anécdota que me contó un amigo mío, aficionado a las emociones raras, que asistió a una sesión colectiva de espiritismo. Después de una larga parafernalia de voces y conjuros, el vaso daba vueltas de campana entre ruidos del más allá, chisporroteos y fumata sulfurosa; la famosa médium anunció entre transportes que el espíritu se había manifestado. Pregúntale algo -se dirigió la vidente- a un aterrorizado pardal al que no le salía la voz del gaznate. Al fin balbuceó: ¿Oye espíritu, te han dado alguna vez por...? Cayó el telón de la farsa. La médium se partía el trasero, pero de risa.
Algunos achacan esta pervivencia secular del irracionalismo a los pliegues de nuestro cerebro reptiliano. Es una cuestión evolutiva: el hombre necesita creer en lo que no ve como instinto de supervivencia para no extinguirse como especie. Hace millones de años, nuestros antepasados podían atribuir un sonido en el bosque a un simple golpe de viento, a un desprendimiento de rocas o a un depredador. Sus actuales descendientes se han imaginado al peor de los depredadores: la ignorancia. O una trampa genética: el ser humano es por naturaleza un ser curioso dotado de unos hábitos exploratorios excepcionales que le llevan a buscar respuestas de todo tipo: muchas ajenas al método científico. Otros lo atribuyen a la coexistencia histórica de las etapas iniciales del saber (el mito, la magia, el animismo o la religión) con las formas avanzadas como la ciencia clásica y la tecnociencia. No sabría dónde meter a la filosofía. Recuerdo que poco después de casarme le pregunté estúpidamente al ginecólogo de mi mujer si había alguna forma natural de propiciar que el neonato fuera niño o niña. Se me quedó mirando y me dijo: ¿De eso Kant que dice? O como diría un conocido mafioso de la pantalla: todo es un negocio

lunes, 27 de noviembre de 2017

La vida monacal


Si quieres matar a un fraile, quítale la siesta o dale de comer tarde (dicho burgalés).

He visitado por tercera vez el Monasterio de Silos. Volvimos, tras un recorrido por la Rioja, no tanto por la belleza del doble claustro románico, la sala capitular, la puerta de las vírgenes, el museo, la botica o el enhiesto ciprés al que Gerardo Diego dedicó uno de los más bellos sonetos de la lengua castellana, sino para escuchar en vivo por primera vez la solemne monodia del canto gregoriano. Ignoraba que el monasterio tuviera una biblioteca con más de 160.000 ejemplares sólo accesible a los monjes o a los investigadores que lo soliciten.  
Al final, lo que realmente me enganchó fue el misterio religioso de la vida monacal. Del famoso ORA ET LABORA, el lema que expresa la vocación y la vida monástica benedictina, lo que me interesó fue el primer término de la locución; por tanto, no me refiero aquí al funcionamiento mundanal del monasterio: ni a las labores internas (la distribución del trabajo entre los miembros de la comunidad: la economía, la limpieza, el mantenimiento, la cocina, la encuadernación, la alfarería, la orfebrería, el huerto y la granja, entre otras muchas); ni a las externas (la hospedería, la tienda, las grabaciones, la comunicación con los medios, las visitas de los turistas, las misas por encargo, la relación institucional de la abadía de Silos con la jerarquía eclesiástica y la Congregación Benedictina o los acuerdos legales de la orden con la comunidad autónoma de Castilla y León).  Por cierto, La Abadía dispone de una estupenda página web.  
Hizo esta vez de guía un monje joven, de no más de treinta años, con el hábito negro benedictino; iba sin capa y con sandalias, a pesar de la rasca que estaba cayendo a la caída de una tarde brumosa de finales de otoño. Tenía un suave acento andaluz. Al hilo de sus explicaciones sobre el significado de los relieves de los ángulos del claustro (prescindió de los capiteles), nos fue examinando entre bromas y exageraciones sobre distintos aspectos de la religión y la liturgia católica; y, sobre todo, de la vida monacal como itinerario que va desde la toma del hábito, los votos de obediencia, castidad y pobreza, la renuncia a la vida extramuros (voto claustral), incluida la familia y la integración en una nueva familia (la comunidad de monjes), hasta el ideal del perfeccionamiento de la fe y la obtención de la salvación eterna. La llamó El Paraíso y tuve que morderme la lengua para no preguntarle qué entendía exactamente por El Paraíso. Además estaba seguro de que me hubiera contestado que el encuentro con Dios, lo cual me hubiera dejado igual. El joven insistió en el relieve de La duda de Santo Tomás situado en el ángulo noroeste del Claustro. La fe es un don que Dios otorga al monje en forma de llamada, pero es un camino largo, incierto y lleno de peligros. Al despedirse, nos rogó con voz queda que rezáramos por su persistencia en la fe verdadera. Llamaba la atención la espontánea bondad de su mirada. Hacía mucho que no veía algo así.   
La pauta de la vida espiritual, la oración, tal y como ordenó su fundador, San Benito, se basa en la Liturgia de las Horas Canónicas que se oficia siete veces al día basándose en el libro de los Salmos (“Siete veces al día te alabaré”) y obliga a los monjes a rezar en siete momentos puntuales de la jornada. Sólo es obligatorio que la comunidad se reúna en la Iglesia para celebrar las horas mayores (maitines, laudes y vísperas). Las horas menores pueden celebrarse en el lugar donde se encuentren los monjes tras interrumpir sus labores. Las oraciones están relacionadas con cada momento del día, que a su vez se vincula con las distintas etapas de la vida (sería demasiado prolijo entrar en materia): maitines (4 y media de la mañana), laudes (en torno a las 7 de la mañana), tercia (alrededor de las 9 de la mañana), sexta (a las 12 de la mañana), nona (a las 3 de la tarde), vísperas (6 y media de la tarde) y completas (entre las 8 y las 9 de la noche).
El ORA benedictino tiene que ver con la creencia en el poder y la eficacia de la oración tal y como el propio Jesucristo manifestó en reiteradas ocasiones en el Evangelio. La oración cumple una triple función: ascética en cuanto contribuye a perfeccionar la vida espiritual del monje, de apostolado para aumentar la presencia y persistencia de la fe entre los hombres y de intercesión ante Dios para pedir ayuda por las necesidades más acuciantes de la humanidad. La clausura monacal impide, por supuesto, desarrollar labores propiamente sociales: atención a los pobres, cuidado de los enfermos o dedicación a la enseñanza.
Nosotros asistimos a vísperas. Coincidió con la festividad de la Almudena en Madrid por lo que La Iglesia de la Abadía estaba llena. Mi primera decepción es que la comunidad era sólo de 27 hermanos. La segunda que sólo cantaban 10, los de la bancada de la izquierda. La tercera es que no cantaban tan bien como esperaba. Nada que ver con las espectaculares grabaciones que puedes comprar en la tienda del monasterio. Lo que me fascinó fue la pompa y circunstancia del ritual, el silencio reverencial de los asistentes, el olor a incienso, los siglos de historia que sobrevuelan los muros... Lo sagrado.
Es evidente, como reconoció con gracejo nuestro guía, que la crisis ha alcanzado también a las vocaciones. Es difícil desvelar los motivos que pueden llevar a la vida monacal. Comprendo que en la Edad Media era una forma de comer en los hijos de las familias pobres y una obligación en los hijos de las familias ricas, pero en la actualidad ambos motivos han caducado. A mí me da la impresión, mera intuición sin conceptos, que los monjes de clausura se consideran los depositarios últimos de una fe que declina, los conservadores privilegiados de una verdad universal que ha de ser mantenida en su pureza original, los intercesores auténticos entre Cristo y los hombres. Se consideran la última puerta del baluarte de la Iglesia. Son los apóstoles de una espiritualidad y una visión mística que resultan a la vez muy sencillas y muy difíciles de explicar.