viernes, 16 de junio de 2017

Las casas de nuestros abuelos


Siguen habitados, en plena forma, y son muy codiciados según la zona. Inmuebles madrileños anteriores a 1900, de planta cuadrada como las casas que pintan los niños en el colegio (o Andrea Palladio) y fachadas adornadas por filas simétricas de balcones con rejería trenzada de hierro forjado. Actualmente la mayoría están protegidas por ley por lo que cualquier reforma en los pisos no puede modificarlas ni un ápice. Nada de aparatos de climatización a la vista, ni toldos multicolores a gusto del consumidor, ni cierres acristalados cada uno de su padre y de su madre. En muchas fachadas hay instalados andamios tubulares para acondicionarlas. Les quitan treinta años de encima. Otras comunidades prefieren el descuelgue de operarios en barquilla desde las terrazas, un sistema más barato pero menos eficiente. Las constructoras, tras explotar la burbuja del ladrillo, se buscan la vida a precios razonables. Por dentro y por fuera. Me consta que alguna ha promovido expediente de ruina del inmueble (sobre todo en barrios de gama alta) para obligar a los vecinos a vender a la baja, tirar todo por dentro, “modernizarlo” y hacer suculentos negocios de compraventa. Se colocan rápido y a precios muy altos por la ley del capricho: la crisis no empobrece a las rentas altas, al contrario.
Algunos inmuebles son de un solo propietario, desesperado porque los inquilinos tienen contratos de renta antigua a precios irrisorios: veinte euros al mes con las últimas actualizaciones según ley y sin obligación de impuestos ni reparaciones. Al final se convierte en un ten con ten entre las partes. El propietario no se ocupa de nada, las reparaciones esenciales se eternizan y cuando hay riesgo de llamar a los bomberos las hacen los afectados que le amenazan con medidas legales. Vale, piensa el dueño, pleitos tengas y los ganes... el día del juicio final. Con ese alquiler ningún vecino compra a no ser que otee beneficios inmediatos.
La puerta de entrada a estos vetustos inmuebles es pesada de origen, de madera maciza de doble jamba, un arco suave en la parte superior y ancha cerradura que abre fácil la llave del sereno. El portal es amplio. Nada más pasar hay dos bajos, uno enfrente del otro: una gestoría sin dueño conocido y una sastrería que pasa de padres a hijos desde la noche de los tiempos. Al fondo, a la derecha, está la escalera, con pasamanos oscuro en la barandilla, barrotes repintados, peldaños de madera de pino veteada, desgastados, fregados casi a diario por la portera. A la izquierda, el patio interior donde está la garita con madeja y calendario de doña Rosa, y su modesta vivienda, viuda de un militar franquista fusilado tras la batalla de Brunete. Macetas de geranios y claveles, ropa tendida, gatos sin dueño. Escenario de zarzuela. Ni Santiago Calatrava sería capaz de instalar un ascensor. Entonces no había garajes. En cada descansillo hay dos pisos. En total cuatro plantas. Ocho vecinos que se conocen de toda la vida. Eso era antes, ahora se busca la intimidad en la distancia. Ni mejor ni peor.
La puerta de entrada a la vivienda también pesaba lo suyo. Mirilla dorada de cinco centímetros que gira en estrella sin complejos. Ves y eres visto. Doble cerradura (el cerrojo fax comenzaba su andadura) que cualquier chorizo apalancaría hoy en cinco minutos. Felpudo del tamaño de la puerta con leyenda bromista: cuidado con el perro… de mi suegra. Techos de más de tres metros. Un lujo. El recibidor sirve de impredecible distribuidor de las habitaciones: en la pared de la derecha suele haber un óleo oscurecido por el tiempo con escenas de paisajes indescifrables: ¿Es aquella sombra un pastor? Debajo del cuadro una recia consola con animal disecado, un zorro o un  halcón, por ejemplo. A los lados, la fotografía de algún antepasado y el busto de un prócer de la patria. Quizás algún azulejo con el aviso de que aquí vive un hincha del Real Madrid, Hala Madrid. Enfrente se abre la puerta del salón con mesa de invitados, alfombra con más prestancia que valor, vitrinas repletas de plata y filigrana, y un mueble para la vajilla, los juegos de café y los manteles bordados. El salón comunica con el cuarto de estar, más pequeño, con mesa camilla de gruesas faldas para el invierno, brasero de picón y sillones de oreja. En la pared, marco de madera y cristal con las indulgencias plenarias y las bendiciones apostólicas de Pío XII. Radio y luego tele. El cuarto de estar, a su vez, comunica con una habitación de paso mediante un medio arco, multiuso, despacho de trabajo con bureau y biblioteca heterogénea (de Galdós a una historia del imperio bizantino), que a su vez sale al codo de un pasillo estrecho y quilométrico, enmoquetado, a veces de linóleo, a cuyo lado izquierdo dan el resto de las habitaciones, baño con grifería de gigante, cocina con despensa de cuartel, fogones de carbón y fresquera en la ventana; al final los dormitorios, opresivos, con armarios que se comen el espacio y ventanas al patio interior. Se me olvidaba: en alguna parte del pasillo se abre una hornacina donde se coloca la imagen del sagrado corazón de Jesús con hucha que circula de vivienda en vivienda. La familia que reza unida permanece unida...

martes, 30 de mayo de 2017

El Valle de los Caídos


Nunca había estado en el Valle de los Caídos, conjunto monumental que depende de Patrimonio Nacional desde su apertura en 1959 (los Presupuestos Generales del Estado dedican a su mantenimiento un coste anual de 750.000 euros), pero la recurrente polémica, siempre la misma desde la democracia, en la que se ve envuelto, me decidió visitarlo con mi mujer. El objetivo además era comer en Las viandas mi restaurante favorito del Escorial.
La última polémica ha sido la comparecencia ante la justicia de los presentadores del programa televisivo El Intermedio, Wyoming y Dani Mateo, por unas declaraciones sobre la cruz del Valle consideradas un delito contra los sentimientos religiosos por la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos. Obviamente el asunto no tiene ni pies ni cabeza puesto que las opiniones estéticas no están incluidas en el código penal y los juicios de intenciones no tienen valor de prueba.
El decreto fundacional de 1 de abril de 1940, publicado en el Boletín Oficial del Estado el 2 de abril (que copio de Wikipedia) dice:
La dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la Victoria encierra, y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya, no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra Historia y los episodios gloriosos de sus hijos.
Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor.
A estos fines responde la elección de un lugar retirado, donde se levanta el templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de Peregrinación en que lo grandioso de la Naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada.
Por ello previa deliberación del Consejo de Ministros,
DISPONGO:
Artículo primero - Con objeto de perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada se elige como lugar de reposo, donde se alcen la Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, la finca situada en la vertiente de la sierra del Guadarrama con el nombre de Cuelgamuros, declarándose de urgente ejecución las obras necesarias al efecto y siéndoles de aplicación lo dispuesto en la Ley de 7 de Octubre de 1939.
Artículo segundo - Los gastos que origine la compra del lugar y la realización de los proyectos serán con cargo a la suscripción nacional, que quedará, en la parte que le corresponda, sujeta a este fin.
Artículo tercero - Por la Presidencia del Gobierno, se nombrará la Comisión o Comisiones necesarias a fin de dar en el menor plazo, cima a esta obra.
Así lo dispongo por el presente Decreto, dado en el Pardo, a primero de Abril de Mil Novecientos Cuarenta.
La Basílica es un ejemplo típico de arquitectura totalitaria: tanto por su neoclasicismo austero, sobrecogedor, desafiante, de dimensiones titánicas, en las que predomina el vacío espacial y ornamental, como por sus elementos simbólicos e ideológicos. Su significado religioso universal queda en segundo plano y está al servicio del componente historicista del monumento (incluido su evidente nacionalcatolicismo).
La inmensa explanada situada delante de la entrada al templo parece un lugar destinado a las grandes movilizaciones de las juventudes del partido en las jornadas de exaltación o adhesión incondicional de las masas populares (que en cuanto desaparece la dictadura votan a otros partidos y el que representaba al régimen se convierte en residual o se adapta rápidamente a las nuevas circunstancias democráticas, como ocurrió en Alemania, Italia y, por supuesto, España). También sobrevuelan el lugar las condiciones de su construcción, la mano de obra de los innumerables presos republicanos condenados a excavar la roca viva de la montaña, su aura de campo de concentración, de revanchismo… O la visión funeraria, sepulcral, del conjunto en el que fueron enterrados según las crónicas los restos de 33. 847 personas en la “mayor fosa común de España”. Cito de nuevo a Wikipedia:
…de acuerdo con una fuente del Valle incluida en un artículo publicado en El País en 2008, la exhumación de cadáveres sería imposible dado que estos habrían acabado formando parte de la propia estructura del edificio al haber sido empleados para rellenar cavidades internas de las criptas, y, que gracias al efecto de la humedad, habrían acabado conformado un “cadáver colectivo indisoluble”.
Tras el enterramiento de Franco, al pie del altar mayor (su escudo de armas está en la puerta de entrada), la Basílica adquirió un tinte piramidal difícilmente compatible con la idea posterior buscada por el propio régimen de “templo de la reconciliación” (sobre todo tras la represión de la posguerra) a fin de darle un giro más “fraternal y religioso”. Este punto de inflexión se produce  a partir de 1960, año en que el Papa Juan XXIII accedió a concederle el título de Basílica menor en un texto retórico, eufemístico e ignorante de la realidad.
En este monte sobre el que se eleva el signo de la redención humana ha sido excavado una inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los Caídos de la guerra civil de España, y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos, y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la nación española.
Tanto los impresionantes paisajes de la Sierra de Guadarrama y del Valle de Cuelgamuros como el interior de la Basílica subterránea, con sus bóvedas, capillas, criptas y columbarios, el coro en penumbra, los cadáveres sin nombre, los fantasmas del pasado y los ángeles custodios me recuerdan los estilemas de la novela gótica. Incluso la sensación de “castillo abandonado en ruinas” a la luz de la luna.
La inmensa cruz de 150 metros deteriorada gravemente por los años, las bajas temperaturas invernales y de la Sierra que se convierten en calores sofocantes en verano precisaría de una inversión de 14 millones de euros para su restauración. También el grupo de nueve esculturas de gran tamaño que se halla en su base se encuentra en muy mal estado. Se agudizarán las fisuras que actualmente tienen, continuarán los desprendimientos en la base de la cruz. Su erosión no parará y el Gobierno de turno tendrá que tomar una decisión muy costosa en lo económico pero también en lo político. A ello contribuye el descubrimiento de que las piezas no son macizas sino que están compuestas de placas de caliza aragonesa de Calatorao que se cohesionan mediante morteros. Fue calificado por técnicos especialistas como “como materiales incompatibles y totalmente inadecuados para su preservación” a largo plazo.

En mi opinión, la polémica sobre el Valle de los Caídos puede continuar hasta el fin de los tiempos porque no tiene solución. El monumento es lo que es. Quitar las tumbas de Franco y José Antonio no cambiaría esencialmente su significado. Llamarlo el Valle de la Paz, como se ha sugerido, y convertirlo en un museo de la “memoria histórica” es una causa perdida por discrepancia insalvable. Darle un sentido exclusivamente religioso es imposible porque no se puede abstraer del resto. En términos lógicos, El Valle de los Caídos no es un silogismo con premisas complejas de las que es difícil sacar una conclusión, sino una tautología, algo evidente por sí mismo.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Móvil en el elemento móvil

Escuchaba una mañana sabatina en la radio, delante de mi desayuno de cereales integrales, denostar al móvil o teléfono celular, ahora smartphone (a mí me gusta llamarlo matrix), a un selecto grupo de contertulios entre los que se contaban algunos de los que sigo con más interés. Los argumentos eran como siempre irónicos y salpimentados, universales y personales, históricos, sociológicos, psicoanalíticos o técnicos. También periodísticos: es inevitable que háblese de lo que sea, por ejemplo, la cría de focas en cautividad, los periodistas se miren al ombligo para cantar (oh musa) las excelencias de su profesión (de la que nadie duda que sea el cuarto poder y en alza). Dicho sea de paso, lo que realmente me hubiera gustado ser en esta vida es, como mi abuelo y bisabuelo, un buen periodista editorial.
Argumentario contra matrix: que le dedicamos más tiempo que a dormir, incluida la siesta de dos horas; que tenemos síndrome de abstinencia si por culpa de una bronca conyugal nos lo dejamos en casa y en cuanto llegamos a la oficina llamamos a la señora para disculparnos por nuestros malos modos (el pretexto) y preguntar si por casualidad está en el cajón de la mesilla. Y si no aparece al instante saltan todas las alarmas incluida la del coche al que saludas con un patadón al salir del trabajo. Otro tertuliano argüía que habría que enseñar a los hijos, como si viviesen a finales de XIX, a entretenerse con una caja de zapatos, dos recortables y cuatro palos. El ingenuo defensor de esta tesis ignoraba que el papel en la educación de sus hijos es sólo una parte (y con frecuencia no la principal); su retoño acabaría convirtiendo la caja de zapatos en una tablet. A la mayoría de los jóvenes el móvil no se le cae de las manos. Se pasan el día enchufados a matrix. Aunque sean tus hijos no te hacen ni puñetero caso y si tiras del cable te ponen mala cara por interrumpir el chorreo de WhatsApps. Hay más inconvenientes: El conductor que móvil en ristre va cada vez a más velocidad por el carril izquierdo de la autovía en función del calentón que le produce su discusión asimétrica con el jefe. O el politono del himno del Madrid que suena subitáneo en medio de la ópera (aunque sea cantado por Plácido Domingo). Prefiero los ronquidos de mi cuñado, que jamás admite, aunque se oigan más que al tenor. O el vozarrón ¡Que pasa contigo máquina, hablamos luego que ahora estoy en el cine con la parienta! He sido testigo en la Biblioteca Nacional de charlas interminables de jubilados duros de oído tras atender una llamada después de siete timbrazos y medio. Al final se armaba la gorda y salían bufando de la sala de lectura. O el ejecutivo memo que se pasa la mitad del viaje en el AVE de Madrid a Sevilla largando los pormenores de un negocio inmobiliario que a los cinco minutos aburre y apesta. Si reclamas discretamente al mozo del tren te dice que no puede hacer nada, que no está prohibido. Otra variante de la escopeta nacional. También sufrimos en el metro los meandros biográficos del usuario de matrix: pues no te he contado la última, el novio de Marta, sí, sí, Amadeo, que antes salía con tu prima hasta que le puso los cuernos, te cuento, conoce al tío ese que soltó el gallazo en eurovisión, fue en una fiesta pija, sí, por lo visto le echaba los tejos a… ya te contará a quien, no te lo vas a creer (y mira alrededor). O las conversaciones del paseante solitario, el típico “manos libres” en plena faena que parece un loco hablando solo; en todo caso, un mal menor por razones obvias. Como el lema del Nautilus: Móvil en el elemento móvil. Otro  “entendido” nos metió el miedo en el cuerpo con la amenaza de que matrix emite niveles de radiación que pueden dañar los tejidos, especialmente en los testículos. ¡Pues vaya plan! También pueden causar tumores cerebrales, cefaleas, problemas del sueño y pérdida de memoria. Lo cierto es que estamos rodeados de radiaciones por todas partes y más vale olvidarse del asunto. Confórmate con que no te espíen o intenten timarte.
Pero equilibremos el fiel de la balanza. Decía uno de los invitados, un peso medio de la pluma, que hace mucho tiempo la gente leía en el transporte público la prensa deportiva y sobre todo los tabloides gratuitos que se amontonaban por doquier mientras que ahora todo el mundo se dedica a manipular obsesivamente el móvil. Lo cierto es que la mayoría de los movilófilos se afanan precisamente en husmear la misma prensa deportiva y otra mejor que aquellos insípidos tabloides hechos con noticias de agencia. Casi prefiero las mentiras descerebradas de la prensa amarilla inglesa; son más divertidas. Pero la mesa radiofónica insistía en la progresiva dependencia (esclavitud se llegó a decir) que todos tenemos, sea cual sea nuestra edad y condición, del dichoso aparato. La razón es evidente: cada vez el smartphone incluye más funciones, aplicaciones y mojigangas (explicarlas ocuparía un tratado) por lo que se ha convertido en el arquetipo de la pantalla total. Y lo que queda. Mi suegra de noventa años considera que las videoconferencias con Skype cuando habla en tiempo real con su nieto de viaje por Japón desde el smartphone que le han echado los reyes o la voz del navegador Google Maps que la deja en la puerta del horno sabroso de un pueblo de la Sierra, es poco menos que magia. ¡Que maravillas de matrix nos tocará vivir aún y, puesto que tenemos fecha de caducidad como los yogures, cuáles nos perderemos! De momento lo que único que me preocupa es que la batería del teléfono no me estalle en las narices.
Alguien introdujo en un momento de sosiego y sentido común de la tertulia el apreciable tópico de que un móvil como cualquier objeto creado por el homo faber es bueno o malo según el uso que se le dé. Como decía el fenomenológico Heidegger, los útiles son, cualesquiera que sean las características que les atribuyamos luego, entes manejables cuyo ser es la manejabilidad… No se hable más. Como cualquier máquina informatizada es prácticamente imposible dominar todas las posibilidades de matrix. Yo manejo con interés las que todo el mundo, incluido hablar por teléfono con mis amigos.

lunes, 8 de mayo de 2017

La experiencia religiosa


A lo largo de la historia del pensamiento se han producido variados compromisos ante la experiencia religiosa y, en particular, diversas concepciones, incluso contrapuestas, de la existencia, significado y función de la idea de Dios. La Prehistoria y los primeros imperios arcaicos, La cultura grecolatina, la Edad Media, el Renacimiento, El Barroco, la Ilustración, el Romanticismo, el Siglo de la ciencia y la tecnociencia... Vamos a resumir el concepto que han tenido cada una de las grandes posiciones teológicas sobre el hecho religioso: animismo, politeísmo, teísmo, fideísmo, deísmo, panteísmo, ateísmo, agnosticismo, misticismo, solipsismo e indiferencia religiosa.
- Animismo. El hombre ha creído en lo sobrenatural desde la misma antropogénesis o proceso de hominización. Los yacimientos paleoantropológicos muestran al Homo erectus enterrado en posición de mirar a los cielos, de lo cual algunos especialistas han deducido unas incipientes inquietudes religiosas en los comienzos de la especie humana. Además, la mayoría de los monumentos funerarios en los yacimientos prehistóricos revelan la creencia en una vida sobrenatural después de la muerte. Las teorías antropológicas muestran la continuidad entre la religión y el animismo o suposición de que el mundo está poblado de espíritus poderosos, activos e intencionales. El dualismo antropológico, es decir, la creencia de que el hombre es un compuesto de un cuerpo material y mortal, y un alma espiritual e inmortal, es una concepción del ser humano que hunde sus raíces en las ideas animistas propia de la conciencia mítica. Asimismo, la hechicería o magia pública, cuyas prácticas propiciatorias no se limitan a buscar aplicaciones buenas o malas para los individuos, sino que buscan el beneficio de toda la comunidad, tiene una afinidad evidente con la religión. El antropólogo James George Frazer (1854-1941) autor del famoso libro La rama dorada, sostiene que en las etapas iniciales del saber humano las funciones de los magos y los sacerdotes no estaban diferenciadas. Esta superposición o mezcla de magia y religión se encuentra todavía en numerosas culturas actuales. Frazer afirma que el animismo da lugar a la magia y esta a la religión. Con toda probabilidad, la primera manifestación específica de religiosidad es el totemismo que consiste básicamente en un complejo sistema de ideas, símbolos y rituales, que vinculan de modo animista a un individuo o un grupo social, con un animal, un vegetal e incluso con un objeto. Los estudiosos afirman que las creencias y prácticas religiosas posteriores se derivaron del totemismo.


- Politeísmo. Se suele considerar al politeísmo como un estadio inicial de la religión. Consiste en la creencia en la existencia de una pluralidad de dioses o divinidades. Las culturas primitivas del Paleolítico Superior y del Neolítico (Asiria, Mesopotamia, Egipto, Persia) fueron politeístas. También la Cultura grecolatina. Las divinidades representan a las grandes fuerzas de la naturaleza (politeísmo naturalista) o a los modelos o arquetipos del pensar y sentir del hombre (politeísmo antropomórfico).  
- Teísmo. El teísmo es la posición doctrinal que sostiene que Dios existe y puede ser conocido. Los teísmos se diferencian entre sí por la vía de conocimiento que consideran más adecuada para acceder a la divinidad. Unos teístas consideran que tal vía es la razón, es decir, las facultades naturales del conocimiento, y otros la fe o conocimiento sobrenatural de Dios. A estos últimos también se les denomina fideístas. Los vamos a separar conceptualmente para darles un tratamiento aparte. El teísmo es una posición vinculada sobre todo a la teología cristiana medieval. San Agustín (354-430) y Sto.Tomás de Aquino (1224-1274) son teólogos teístas. En términos generales, mantienen que la existencia de Dios puede ser demostrada con argumentos o pruebas racionales: cosmológica (la razón exige que el universo tenga una primera causa incausada a la que llamamos Dios), histórica (todas las sociedades conocidas, de un modo u otro, tienen creencias y prácticas religiosas), antropológica (Dios forma parte necesaria de la condición humana, “es más íntimo al hombre que el hombre mismo”) y en particular, la prueba teleológica basada en la idea de que existe una inteligencia ordenadora de los fines naturales (leyes físicas) y humanos (ley moral).
- Fideísmo. El fideísmo mantiene que las solas facultades naturales del conocimiento son insuficientes para conocer plenamente a Dios. Sólo podemos conseguirlo con la ayuda imprescindible de la fe. La fe es un don sobrenatural, individual, invisible y misterioso que algunas personas reciben de modo gratuito e inexplicable de Dios. La fe no es siempre un otorgamiento puramente pasivo. Podemos propiciarlo mediante una apertura activa que nos permita acercarnos a ella y conseguirla finalmente. El fideísmo es una posición vinculada sobre todo a la teología cristiano-protestante. Lutero (1483-1546) es el máximo representante de esta postura teológica.
- Deísmo. El deísmo es la concepción teológica propia de la religión natural. Los supuestos doctrinales del deísmo son las siguientes:
Dios existe y es el creador del mundo y de sus leyes. No podemos conocer racionalmente la existencia ni la esencia o atributos de Dios. Una vez creado el mundo, Dios deja de intervenir en él, por tanto no existe la providencia divina. Dios no es responsable del mal en el mundo que solo es imputable al hombre. La reducción de la religión a los límites de la mera razón supone entender la religión como un código ético.
La religión natural y el deísmo son un producto específico del espíritu ilustrado del siglo XVIII, aunque su persistencia cultural y su aceptación individual en la actualidad estén fuera de duda. Fueron partidarios del deísmo pensadores ilustrados como Locke (1632-1704), Newton (1642-1727), Voltaire (1694-1778) y Kant (1724-1804).
- Panteísmo. Identifica a Dios con la totalidad de lo real. Consiste en la creencia o en la concepción racional de que Dios está en todo. Todos los seres del Universo son parte de Dios. El universo es una manifestación o despliegue de Dios. Los distintos niveles de la realidad son propiedades materiales de Dios. Giordano Bruno (1548-1600) o Spinoza (1632-1677) fueron filósofos panteístas.
- Ateísmo. Aunque la religión es una institución que se da en todas las sociedades, no es un fenómeno general entre los individuos. Hay actitudes y compromisos personales contrarios o ajenos a la experiencia religiosa: las tres más conocidas son el ateísmo, el agnosticismo y la indiferencia religiosa. El ateísmo consiste en creer simplemente o en demostrar racionalmente que Dios no existe. En el primer caso, se trata de un ateísmo práctico, el cual se sitúa al margen de la existencia de Dios, sin plantearse teóricamente el problema de su existencia. En el segundo caso, se intenta racionalizar el sinsentido o absurdo de aceptar la existencia de Dios. Muchos son, por otra parte, los grandes filósofos que han sido racionalmente ateos, como Marx (1818-1883), Nietzsche (1844-1900), Freud (1856-1939) o Sartre (1905-1980). Actualmente, científicos como Stephen Hawking afirman que la ciencia puede concluir experimentalmente la no existencia de Dios.
- Agnosticismo. Consiste en creer simplemente o en pensar racionalmente que no es posible conocer si Dios existe o no existe. No afirma ni niega la existencia de Dios. Sólo mantiene que las facultades del conocimiento humano no pueden demostrar la existencia de Dios o su negación. Igual que en el caso del ateísmo cabe distinguir una agnosticismo práctico y uno teórico. Tanto Bertrand Russell (1872-1970), como el intelectual español Enrique Tierno Galván (1918-1986) fueron firmes defensores del agnosticismo teórico.
- Misticismo. Sostiene la vivencia de la unidad del alma humana con Dios en su grado más perfecto y eminente (aunque tal experiencia solo sea instantánea o momentánea) mediante una visión directa y pura denominada éxtasis. Se define como un Estado extraordinario de perfección religiosa, que consiste esencialmente en cierta unión inefable del alma con Dios por el amor, y va acompañado accidentalmente de éxtasis y revelaciones. Entre sus representantes más ilustres están Plotino (siglo III d.C.), el maestro Eckart (1260-1328), Jan van Ruysbroeck (1293-1381), Tomás de Kempis (1380-1471), Santa Teresa de Jesús (1515-1582), San Juan de la Cruz (1542-1591), Angelus Silesius (1624-1677) o Emanuel Swedenborg (1688-1772).
- Solipsismo. Posiblemente es la forma más pura de experiencia religiosa. Podemos llamarla la religiosidad “del creyente desconocido”. Nadie sabe nada de su fe: ni sus padres, hermanos o amigos; ni siquiera su esposa e hijos. Todo el misterio queda dentro de su conciencia y su vinculación con lo trascendente es personal e incomunicable. Dios es lo inefable (lo indecible, de lo que no se puede hablar ni dar testimonio público). Nadie hace de intermediario entre él y lo santo. Tampoco es un místico (siempre dispuesto a manifestarse o a escribir sobre sus visiones ni tampoco apela al éxtasis). Los límites de su experiencia religiosa son el contacto secreto con Dios sin más. Tal contacto puede ser discontinuo y manifestarse exclusivamente en determinadas ocasiones y circunstancias. Su creencia no busca ninguna repercusión mundana ni defiende necesariamente la inmortalidad transmundana.  

- Indiferencia religiosa. Consiste en creer simplemente o en pensar racionalmente que la experiencia religiosa, al margen de cualquier intento de penetrar en sus temas y problemas, carece de interés personal.

domingo, 16 de abril de 2017

Fotomanía


El torbellino fotográfico (también de videos) que se desata en los viajes organizados es un clásico de las tournées del tipo conozca París, Londres y Berlín en siete días. Al final, es tan inabarcable la cantidad de estímulos a los que se expone el sufrido viajero que si no hace montones de fotografías no recuerda los lugares que ha visto; a veces, ni siquiera ubica tales rincones o monumentos en una ciudad determinada. Tiene tal empanada mental que no sabe dónde ha estado. Por ejemplo, algunos recorridos por las grandes ciudades se hacen en autocar para poner la chincheta al mayor número de sitios en el menor tiempo. La cabeza del turista recuerda a la del espectador de un partido de tenis, fiu, fiu a izquierda y derecha, mientras la azafata se limita a citar una retahíla de nombres famosos y poco más… Al volver a casa exhausto, las fotografías le permiten hacer al menos una reconstrucción virtual del tumulto de experiencias que lo envolvió hace una semana (pero no vivió) y que por un efecto universal de la memoria a medio plazo se ha convertido en un mes.
Otra de las causas de que las cámaras echen humo es la complejidad artística de muchos de los monumentos y la saturación de explicaciones; el turista simplemente se aburre y la única forma de sobrevivir es desconectar o hacerles fotos. Hay gente que prefiere disfrutar de una obra de arte a través del objetivo de la cámara. Todos lo hemos vivido en la Capilla Sixtina. En realidad, esta forma aberrante de consumo estético se ha convertido en un fenómeno colectivo, en una tendencia de la psicología de masas que posiblemente forma parte del culto al smartphone. La primera recomendación de la azafata del grupo debería ser “olvídense del móvil, hablen entre ustedes de lo que les apetezca”. Por ejemplo de fútbol, comida o ropa. Cualquier cosa es preferible al raca-raca de la cámara y en general del trasto.
Por otra parte, la fotomanía tiene otras funciones al volver del viaje: dar la paliza a los amigos en agotadoras veladas después de invitarlos a cenar: es una celada previsible, aplazable pero antes o después imposible de evitar. O enviar inacabables WhatsApps a todo el mundo: puedes borrarlos según llegan, pero a corto o medio plazo tendrás que rendir cuentas y pasar el examen. O hacer gala del conocido narcisismo vacacional en la oficina con la Tablet: estampida general, los subordinados lo soportan por educación (los jefes simplemente cierran la puerta con siete llaves); por fin, convertir la clasificación de cientos de fotografías en el ordenador en un fin en sí mismo, un efecto similar a bajarse incontables películas, libros digitales o archivos sonoros.

domingo, 2 de abril de 2017

Big Data


Junto a términos y expresiones actuales de moda que ocupan un lugar privilegiado en los medios, las redes, la calle, la casa, como “populismo”, “posverdad”, el horrible galicismo “poner en valor”, “postureo” o “posicionamiento”, hay otro que empieza a ascender con fuerza en la escala social: me refiero al término “big data”.
Sin entrar en grandes detalles –es un mundo impenetrable-, el término se refiere a la acumulación de datos masivos como resultado de la utilización de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Estas galaxias digitales que se acumulan en las bases de datos de sectores públicos o privados proceden de innumerables fuentes y tienen diversos usos. Los podemos clasificar en diversas categorías:
Personales: llamadas telefónicas, e-mails, WhatsApp, comentarios en las redes sociales, entradas de blog o simplemente los rastros de nuestra navegación por internet.
Transaccionales: resultado de nuestras operaciones bancarias, rutinas comerciales (consumadas o no), compra de bases de datos por empresas de todo tipo, por ejemplo operadoras telefónicas o seguros privados, consultas reiteradas a sitios web, etc.
Demográficas: basadas en el sondeo direccional de los gustos y preferencias de una población desde parámetros como el sexo, la edad, la ciudad o el país.
Tecnocientíficas: generadas por la constante renovación de los aparatos dotados de sensores físicos o químicos, geográficos, térmicos o biométricos.
Intrusivas: relativas al seguimiento de la actividad de la vida privada de los individuos –incluso la de altos cargos de la administración de otros países- destinadas, en principio, a garantizar la seguridad interior y exterior, la defensa frente a enemigos potenciales y los intereses nacionales.
Esto supone que un ejército de potentes máquinas, robots de búsqueda, sofisticados programas de análisis y cualificados especialistas se dedican a dar orden, significado y finalidad a los big data. Su utilización primaria parece clara: la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado, el espionaje industrial y militar, la obtención de información privilegiada en sectores sensibles como la investigación, la planificación estratégica de las entidades financieras o industriales, la construcción de proyectos de marketing y distribución de la publicidad o la previsión de los objetivos políticos de las cúpulas dirigentes a nivel nacional e internacional… Dicho con otras palabras, los big data son una cuestión esencial para el desarrollo y la supervivencia del sistema. Al final, todo es capitalismo. Variantes ideológicas del capitalismo hay muchas; es economía política en función de tales variantes (desde la socialdemocracia de izquierdas hasta los populismos conservadores de extrema derecha), pero lo cierto es que no tenemos otro modelo alternativo y las propuestas antisistema cuando tocan poder juegan al mismo juego (entre ruidosas protestas, eso sí). Esto suena políticamente incorrecto pero es lo que hay.     
La pregunta es cuál es la repercusión que tiene el uso de los big data en el ciudadano medio. Es decir en el 99,9% de los individuos del ancho mundo. Me considero ciudadano europeo de a pie y mis respuestas por categorías a las repercusiones negativas que tienen en mí los big data serían las siguientes:   
En cuanto a la personal, lo que digo por teléfono, guasapeo, mis comentarios en Facebook mis entradas en el blog y mis búsquedas en Google me parece que son inocuas. Por eso no me crean ninguna molestia: a veces me llega propaganda de hoteles, restaurantes, vuelos, ropa u otros sitios que frecuento en la red; si no me interesa que sigan llegando borro mi historial de navegación en el buscador y se acabó.
La transaccional, la relativa a mis operaciones bancarias, a lo más que ha dado lugar es a llamadas de amables señoritas para informarme de las excelencias de sus productos, supongo que para colocármelos porque antes de que terminen les he dicho amablemente hola y adiós. A una operadora de telecomunicaciones que me llamó tres veces en una semana a la hora de la siesta, le dije que no se molestara más porque no tenía teléfono (lo cual no le impidió seguir con su rollo por lo que la colgué con un afable hasta luego Lucas). Otras veces digo con voz estresada que estoy reunido por las mañanas (o por las tardes) y no puedo atender a nadie en esos horarios de trabajo.
De la demográfica solo me entero (y lo considero muy positivo) cuando quiero saber el tiempo que va a hacer o los niveles de contaminación atmosférica. También cómo está el tráfico, mi curva de peso o los quilómetros que he andado esta semana. Por lo demás mis gustos y preferencias son tan erráticos y de tan amplio espectro que dudo que resulten operativos a la hora de clasificarlos en patrones de big data. O sea, inservibles.
En cuanto a las intrusivas, a no ser que alguien tenga interés por enfocar el satélite a la frutería donde compro mis judías verdes favoritas, siga por GPS mis hábitos evacuatorios o anote mi recorrido al gimnasio un par de veces por semana soy más inocente que un corderillo lechal triscando en la pradera.

sábado, 18 de marzo de 2017

La Unión Balompédica Conquense


Todo buen aficionado al fútbol tiene dos equipos del alma: el grande y el del terruño. En mi caso es evidente para quien me conozca o haya seguido mi blog que el primero es el Atlético de Madrid. El segundo la Unión Balompédica Conquense.
Soy madrileño pero por el trabajo de mis padres me he criado en Cuenca hasta los dieciocho años. Mi pandilla era muy aficionada a darle patadas en serio a la pelota de cuero. Antonio, José Ignacio, Pepe de Diego, Angelito, Juan Ramón, Rafa Portilla, Rafa Morazo y tantos otros… Recuerdo incluso las liguillas a tres que montábamos en los recreos los compas del instituto: Sapo-Cerri, Tempra-Fito, Sapo-Tempra, Cerri-Fito, etc. Pero sobre todo me vienen a la memoria los partidos épicos que la panda organizaba los fines de Semana en el solar de la fabriquilla (un aserradero de madera en las afueras de Cuenca) que duraban toda la tarde: desafío, revancha, contrarrevancha, desempate final… A veces, otro amigo, Pipe Murcia, gran chico, nos invitaba a jugar en la finca agropecuaria del Terminillo, en pleno campo al sol de primavera (nos llevaban en una camioneta de la explotación) con porterías de tres palos y suelo de hierba de prado, desigual y alta, pero un sueño para la imaginación cuando todavía no había sido fulminada por internet, la alta definición y los videojuegos. Entonces había imaginación, no imágenes. Teníamos quince años y grandes equipos aparte, donde las diferencias eran insalvables (por lo demás las de siempre) a todos nos unía el amor a los colores de la Unión Balompédica Conquense.
En una pizarra de dos metros en medio de Carretería, la calle principal de Cuenca, se anunciaban los pormenores del partido del domingo. El presupuesto no daba para carteles y mojigangas. No nos perdíamos ni uno. A las tres y media (en invierno antes) estábamos como clavos en la cola de las taquillas de la Fuensanta, el estadio. Había entradas a mitad de precio para menores de doce años. El chollo colaba porque Santiago uno de los puertas, muy amigo del padre de Juan Ramón, hacía la vista gorda. Un día lo destinaron a las oficinas del club y cuando le dimos las entradas al nuevo, nos midió de arriba abajo y sentenció con voz firme: con que menos de doce años; no os dejaba solos con mi hija ni cinco minutos. A correr a España. En taquilla nos mandaron a freír espárragos por farsantes. Al final, tras un desgarrador lamento, nos cambiaron las entradas pagando una fortuna. Entonces decidimos hacernos socios. Había carnet para jóvenes (hasta los dieciocho años) y, en comparación con la nueva tarifa, salía rentable. Además nuestros padres pagaban la cuota en una cuenta bancaria y de paso nos perdían de vista los domingos por la tarde. Negocio redondo para todos.
La Fuensanta era entonces un campo de tierra con una tribuna y unas gradas enfrente (no recuerdo cuántas pero no más de diez o doce) de cemento puro y duro que cubrían el lateral del campo. El resto estaba simplemente limitado por una barandilla metálica de un metro pintada de blanco. Había más recogepelotas que en Maracaná. El campo sólo se llenaba hasta los topes (día del club, medio día del club, precio especial) cuando venían lo equipos punteros de Madrid: el Moscardó, el Plus Ultra (filial del Real Madrid) y el Rayo Vallecano que nos metían unas zurras de miedo. En aquel Rayo comenzó su carrera un jovencísimo y letal Felines. El delantero centro del Plus Ultra era Grosso, luego jugador del Real Madrid que al final de una liga se lo cedió al Atlético para reforzar la delantera y evitar que bajáramos a Segunda (¡Qué tiempos aquellos!).
Nos sabíamos la alineación del conquense de memoria: Mayo, Sanz, Klett, Parada, Arias, Arche, Portillo… Por cierto, a Arias, el mejor con diferencia, lo fichó el Valencia donde dio muchas tardes de gloria a la afición del Turia y llegó incluso a la selección española. Debían cobrar cuatro duros, desplazamientos y poco más; lo más lejos que iban era a Tomelloso, la mayoría en su seiscientos; en realidad eran jugadores aficionados; por ejemplo, el extremo derecha Portillo era empleado de El Corte Inglés y así sucesivamente. Ahora la Fuensanta es un recoleto estadio de césped natural con capacidad para 6.700 personas (les obligaron a acondicionarlo cuando subieron a Segunda B en la temporada 77-78) e incluso disputaron en 2004 un emocionante partido de promoción a Segunda contra el Madrid B en el Bernabéu donde “casi dan la sorpresa”. Su uniforme es camiseta blanca, pantalón negro y medias negras. Hace tiempo que les he perdido la pista pero suelo leerme los resultados cada fin de semana. El club tiene una página web http://www.ubconquense.es/ pero al menos hoy no he conseguido abrirla. La última vez que vi la Fuensanta fue desde un ventanal del colindante Hospital Virgen de la Luz durante una visita a un familiar.
Lo cierto es que las anécdotas que cuento datan de los años setenta. Las gradas se petaban de socios y simpatizantes. Muchas veces cuando el partido había empezado se abrían las puertas y entraba la chiquillería andante de San Antón y otros “barrios bajos” de Cuenca. Se  ponían en la barandilla detrás de la portería del equipo visitante para darle la murga. A veces una pareja de guardias los dispersaba por el campo cuando se hartaba el entrenador.
Mientras que en el Calderón no conoces a nadie, lo bueno de La Fuensanta es que te sabías la vida y milagros de cada hijo de vecino. Aquello parecía un patio de corrala más que una grada. Las localidades no estaban numeradas aunque los grupos de amigotes y novias (una vez casadas pasaban ampliamente del tema, o sea, del fútbol y el marido) solían sentarse por las mismas zonas. Los bocinazos de según quien eran coreados con grandes risotadas o abucheos. Quien te conozca que te compre. Solo en las grandes ocasiones había alguna que otra pancarta más bien chapucera. Tampoco había cánticos corales ni grupos ultras. En cuanto diluviaba había que suspender el partido porque la tierra se convertía en el magma primordial del que se formó el mundo. Muchas veces a la vista del parte meteorológico el partido se aplazaba sin fecha. La temporada duraba dos meses más para recuperar el tiempo perdido. El fútbol era por supuesto de medio pelo para abajo, los goles venían casi siempre precedidos de cantadas inauditas de la defensa o del portero o bien de follones y rechaces que duraban diez minutos en el área tras un saque de esquina. Para rebajar el aburrimiento el fuera de juego prácticamente no existía. No se me olvidará la tarde que apareció por el túnel de vestuarios, debajo de la tribuna, un árbitro jorobado. Silencio expectante en el respetable no repuesto aún de la sorpresa. A los cinco minutos ya era el “chepi”. En la segunda parte la gente lo dejó en paz.
A las diez de la noche en la radio local era obligado escuchar el programa deportivo Junto a la cepa del poste por Román de Lerma donde se entraba en jugosos pormenores, valoraciones del partido y entrevistas con los protagonistas. La crónica periodística del Ofensiva, prensa del Movimiento y único diario de la capital, era un espejo de lo dicho en la radio y aunque con distinta firma resultaba evidente la común autoría. Román debía tener un enorme fichero acumulado durante muchas campañas de frases hechas, tópicos y banalidades (hoy es igual) que copiaba y pegaba según las incidencias y resultados.
En las ferias y fiestas de San Julián solían traer a precio de oro (supongo) a un equipo de primera división que venía cargado de suplentes y canteranos. Recuerdo un año que vino el Atlético de Madrid de Gárate sin Gárate que se llevó el trofeo en los penaltis. Corazón partido. Es la única vez en mi vida que no me hizo gracia que ganara el atleti.